Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El despertar de una revolución

La descentralización generó corrupción en las municipalidades.

— Fernando González Davison
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Cuando la Constitución de 1985 dejó la justicia en manos del Congreso al nombrar a los magistrados, comenzó un lento proceso de perversión que englobó al sistema judicial, continuando el viejo engranaje de facilitar a la minoría (generales y magnates) seguir reinando detrás de bambalinas. El sistema político continuó con un Congreso y Ejecutivo de parásitos “clasemedieros”, que al principio tuvo ideales, pero luego pasó a hacer del Estado un botín, sin importar la bandera ideológica, sin tocar a esa minoría. La clase política de ese corte pasó a ser del grupo de nuevos ricos, alentados por algunos narcos que hicieron crecer el “capital emergente”.

Ese sistema perverso englobó a políticos, amigos y familiares, empresarios, monopolios de prensa, banqueros, militares en activo y retirados, variedad de profesionales (abogados, ingenieros, contadores o auditores). La descentralización generó corrupción en las municipalidades. Se liberó de impuestos a las iglesias, y se hicieron millonarios sus dueños (pastores y demás). Las municipalidades y la Usac recibieron sin control un porcentaje del presupuesto nacional con una escalada de la corrupción nunca antes vista, alentando miles de plazas fantasma, como en los tres poderes del Estado, con contratos vía empresas de cartón o reales. De hecho, los partidos se crearon para conspirar contra el Estado y, como decía el presidente Eisenhower, cuando se constituye un partido con tal objetivo, eso es conspiración y esta se pena con el delito de traición a la patria, más cuando son militares. Para protegerse, esa clase emitió leyes que no penan el enriquecimiento ilícito (1999). Políticos, jerarcas militares y empresarios contratistas se enriquecieron, y nombraron a funcionarios a miles de funcionarios que siguen en sus cargos, sin ningún examen de admisión ni títulos profesionales para desempeñar altos cargos o intermedios. Así sucedió en todos los ministerios y entes autónomos, hasta con su cuota en nombrar embajadores y cónsules “de carrera”, aun sin título profesional, porque la caduca ley así lo permite.

Esa clase política para no ser molestada firmó contratos colectivos en el sector público, también en la Usac y otros entes, donde los parásitos del sindicato chantajean de continuo, mientras drenan las arcas nacionales, como en el Congreso. Los “trabajadores” operativos en los ministerios siguen inamovibles. El sector de la Usac y el sector público necesitan una CICIG para limpiarlos mientras se emite una nueva ley de servicio civil, de las municipalidades y de la Usac, que se alejaron del pueblo y la transparencia.

Los cambios constitucionales y leyes pendientes deben ir en esa dirección, donde se incluya la abolición de los pactos colectivos, dando apoyo pleno al MP y a la CIGIG en sus reformas a la Ley de Carrera Judicial. Y se pene con penas de traición a las redes y partidos que saquean el Estado, en el único país de América Latina donde creció la pobreza. Y que la elite tradicional actúe con responsabilidad social. Y terminar con el aporte obligatorio constitucional a la Usac y las municipalidades porque ha generado corrupción sin precedentes.

Si el Ejecutivo ahora recibe el consejo ad honorem de algunos militares en retiro y del CACIF, debería incluir el de los representantes de los pueblos originarios, para dinamizar nuestro Estado, como lo entendió Rafael Carrera, su caudillo en el siglo XIX. El sistema de corruptelas de Pérez Molina-Baldetti incluyó a sus ministros, por lo que deben renunciar los que quedan, así como el Presidente del IGSS, e imite a la Procuradora General, bajo sospecha. Y el Consejo Electoral deje en suspenso el aporte a los partidos que están por desaparecer, que nuestra reivindicación sigue y hace a un lado a los dinosaurios de la ultraderecha y de la ultraizquierda, que viven aún en tiempos de la Guerra Fría, mientras nosotros vamos a construir un nuevo hogar sencillo sin ellos, con decoro y sobriedad como emblemas de nuestra revolución.

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