Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La institución del amparo

Los jueces y los abogados haraganes, origen y punto final que ha llevado a prostituirlo.

 

— Acisclo Valladares Molina
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Ninguna institución de tanta importancia –salvo el hábeas corpus– como el amparo, la última posibilidad, cuando todo lo demás ha sido ya agotado, para impedir que se produzca el agravio o, en su caso, para restituir el orden perturbado.

En materia judicial –y a esta me refiero específicamente– si bien no existe ámbito alguno que no sea susceptible de amparo –sé es del rigor debido para que no pueda prosperar si existe o existía algún recurso ordinario capaz de evitar el agravio que se invoca, posible tan solo el amparo si –agotados todos– persiste su amenaza o el agravio ya causado.

La interposición del amparo no tiene efecto suspensivo alguno y –la verdad de las cosas– no tiene ciencia alguna interponer un amparo –admitidos todos para su trámite– salvo singularísimas excepciones – siendo en consecuencia ridícula la jactancia del éxito obtenido por su simple interposición o admisión para su trámite.

Es importante saber que esta “admisión para su trámite” –poco menos que cajonera– no paraliza absolutamente nada siendo lo único que puede hacerlo, el amparo provisional que se conceda –amparo provisional que es obligatorio solo en los escasísimos casos establecidos por la ley: aquel juez que concede un amparo provisional improcedente ¡Tan claro como eso! prevarica.

¿Dónde está la persecución penal de semejantes jueces?

Algunos juzgadores –haraganes– en vez de hacer un informe circunstanciado remiten los autos al tribunal de amparo (el expediente) y esto es lo que –sin amparo provisional– puede entorpecer la prosecución del proceso.

Algunos abogados –haraganes– cuando esto ocurre, son incapaces de pedir al tribunal de amparo que se dejen certificadas las actuaciones y que se remitan los originales al tribunal de origen –santo y remedio– si lo hiciesen –para que no se produjera retraso alguno.

Como consecuencia de que existan jueces haraganes que remiten los expedientes en vez de tomarse la molestia de hacer y remitir un simple informe circunstanciado (lo que en nada obstaculizaría la prosecución del proceso) y de que abogados haraganes se abstengan de pedir que se dejen certificadas las actuaciones en el tribunal de amparo y se remitan los originales al de origen y –finalmente– de que jueces prevaricadores concedan amparos provisionales, cuando no procedan, y de que el Ministerio Público no los persiga por el prevaricato perpetrado, es que se producen retrasos en la administración de justicia, como consecuencia de amparos.

A esto podemos agregar la ineficiencia –es el colmo– para el cobro de multas en el caso de los amparos notoriamente frívolos o notoriamente improcedentes, amparos estos que ni siquiera deberían hacerle cosquillas a la administración de justicia y que deberían traducirse en más recursos económicos para la misma.

Si mal con el amparo (por no usarlo debidamente y por no impedir su prostitución por la inobservancia de las normas que lo rigen) si mal con él, decíamos, peor sin él: Imagínese Usted –por ejemplo– condenado en juicio y privado de sus derechos sin proceso alguno.

¿Cómo lograr que cese el agravio o su amenaza –cuando todo agotado– si eliminado el amparo para impedirlo?

El amparo es el último de nuestros gritos cuando –todo agotado– la injusticia persiste y nos lo quieren quitar como consecuencia de nuestra inveterada cultura de incumplimiento de las leyes, impunes los jueces prevaricadores y haraganes y, algunos abogados que –a nuestra ciencia y paciencia– lo han prostituido.

¿Dónde la persecución del prevaricato y la del incumplimiento de los plazos judiciales, leyes que son, cómo las otras?

¿Dónde el cobro de las multas?

¿Dónde la persecución del retardo culpable o malicioso de la administración de justicia?

Antes de pensar en andar cambiando leyes es mejor que empecemos por cumplir las leyes existentes puesto que, si no cumplimos estas ¿Por qué habríamos de cumplir las otras?

Prostituimos las instituciones y, después, nos lamentamos: La culpa, no la tiene el amparo.

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