Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La destrucción de Quetzaltenango (III Parte)

Revisitando estos espacios me pregunto: ¿Qué le pasó a nuestra ciudad?

— Irmalicia Velásquez Nimatuj
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El historiador Greg Grandin escribió en su libro The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation (2000) que el cementerio de Quetzaltenango puede ser asumido como una metáfora de la sociedad guatemalteca y literariamente expone que: “Bajo la sombra de las ramas de los pimenteros, los ricos mausoleos de destacadas familias ladinas se alinean a ambos lados del camino principal que parte de la entrada del camposanto. Recintos enrejados segregan y protegen las tumbas de ricos inmigrantes europeos –fabricantes italianos, finqueros y comerciantes alemanes que ayudaron a construir la economía cafetalera guatemalteca. Al final del camino, unas gradas suben abruptamente hasta una altiplanicie en la que están enterrados los pobres, bajo amontonados montículos de tierra. Entre los macizos de flores silvestres, cruces y lápidas sencillas revelan mayormente apellidos indígenas. Parece que ni en la muerte pueden escapar los quetzaltecos a una existencia injusta y racialmente dividida”.

Este profundo relato que describe en términos raciales, sociales e históricos el cementerio altense se convierte hoy en una pieza que rememora una realidad que ya no existe porque en menos de 15 años ha sido saqueado, destruido y convertido en un nido que abriga a pandillas de diferentes edades que se dedican al robo y a la extorsión. Así como a personas enfermas con severos niveles de alcoholismo y drogadicción.

Sí Grandin visitara hoy este cementerio, que nada tenía que envidiarle al de Nueva Orleans o al de La Habana en Cuba, en términos de riqueza y datos históricos se quedaría pasmado de comprobar que queda muy poco de lo que él pudo observar y recorrer, apenas en el final de la década de 1990.

Hoy es un peligro visitarlo, incluso quienes llegan a limpiar las tumbas de sus seres queridos lo hacen con profundo temor y no hay quién haya escapado a asaltos a mano armada o con sendas navajas.

Además, en términos de servicios las áreas están olvidadas, especialmente los nichos públicos que carecen de mantenimiento y se asemejan a un basurero de fétidos olores, el agua no siempre está disponible y las enormes piletas casi destruidas.

Revisitando estos espacios me pregunto: ¿Qué le pasó a nuestra ciudad?

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