Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Para entender la realidad y salir de las sombras

“Superficie y espesor profundo conforman una unidad de realidad, por lo cual es necesario desentrañar uno y otro” (Karel Kosik, “Dialéctica de lo concreto”).

— Edgar Balsells
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Mi estancia en el periodismo de opinión ha sido una de las tareas más gratificantes de la vida, y ello no hubiera sido posible sin la amistad y confianza de gente emprendedora de los medios que me han tendido la mano para que la escritura me sirva de catarsis. No tomo prozac, ni sucedáneos, talvez porque he podido expulsar mis angustias a través de la columna.

Pero ello tampoco hubiera sido posible sin los consejos de verdaderos maestros como Felipe Ruiz. Nunca olvidaré la larga caminata guiada desde la sede de la Pontificia de Salamanca hasta el Santiago Bernabéu. Era el epílogo feliz de mi participación en el Doctorado de UPSA, que profundizó mi interés por el entorno social y las humanidades.

Y así como me alegro que Mary Farrington y ese oasis que se llama Sophos, en Fontabella, sean un ejemplo de marketing para llenarnos los sesos del saber, también me alegro que esa gran mujer emprendedora Valerye de Presa, inicie una nueva aventura de un Doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades con los doctores de Salamanca.

Haber estudiado con el recordado González Anleo –QEPD– discípulo de Robert Merton me ayudó a explicarme la acción social, que a simple vista no se comprende si uno no tiene un cuerpo teórico sólido que ayude a ver más allá de la epidermis. Viajar desde Weber y Durkheim hasta los grandes de hoy como Anthony Giddens, me ha permitido entender las paradojas de estas tierras irredentas, que son periferia del poder global que camina sin rumbo, como bien lo dice Ignacio Ramonet.

Ello me hace recordar lo ameno del maestro Secundino Valladares, tipificando los agentes de cambio, explorando a clásicos como Wright Mills y Thorstein Veblen. Gracias a Secundino pude entender los vericuetos de nuestras organizaciones y de nuestro entorno plagado de caciques machistas, buscadores de rentas y de privilegios.

Así también desfilaron por el aula buenos pensadores como Nicolás Bajo, de quien aprendí las nuevas tecnologías y valores, como retos educativos y éticos del siglo XXI. Y es que una sociedad sin educación, con taras sociales, y rodeada de dogmas, está condenada a seguir viviendo bajo la sombra de los ídolos, alienada y confundida.

De Nicolás y de Sanz Jarque aprendí que sin los lazos de una sociedad solidaria, el salvajismo del sistema se ensancha a sus más aberrantes expresiones: la educación, decían es la fórmula para el desarrollo, y nos mostraron el mundo práctico del crecimiento horizontal de la riqueza, mediante la producción colectiva y las formas cooperativas de trabajo y distribución.

El nuestro es un sistema educativo repetitivo, con profesores tipo Karaoke, movidos por power points sin sentido, y un sinnúmero de tareas en Excel que unen fórmulas y cuadros sin tener mucho en la cabeza para el análisis y la interpretación; y lo peor es que esa es la educación que a nuestras elites les interesa perpetuar, para reinar ellos en un mundo del trabajo de mucha transpiración y poca inspiración.

Me alegro entonces que Felipe Ruiz vuelva a Guatemala, y ahora con un ejército de doctores de la histórica Salamanca, y me alegro también que el nuevo Doctorado integre a las ciencias sociales y a las humanidades, y salga de los compartimientos estancos absurdos de ese mundillo académico.

Hoy en pleno reinado de Laudato Si, agradezco a la Pontificia regresar a Guatemala, y animo a los profesionales chapines a una aventura
inolvidable.

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