Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Lo cierto y lo falso

Para mentir mejor es buena maña, mezclar las verdades con mentiras.

— Acisclo Valladares Molina
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Cierto es que invocando el nombre de Dios es que se organiza el Estado de Guatemala en el pacto de paz social que establecimos, la Constitución Política de la República, invocación que algunos objetan porque, en su concepto, atenta contra el carácter laico del Estado.

La verdad de las cosas es que –con tal concepto– su no invocación –negarlo o ignorarlo– hubiera constituido idéntico atentado.

Invocarle o no invocarle, sin embargo –es una decisión que nada tiene que ver con el carácter laico del Estado–, refiriéndose el laicismo –única y exclusivamente– a que el Estado carezca de una religión oficial –respetadas, en el Estado, por igual, las libertades de culto y de conciencia.

Ateo o no el Estado es a lo que se refiere la invocación y la decisión tomada.

 El Estado de Guatemala es un Estado laico, sí, pero eso no quiere decir que sea ateo y los constituyentes, al invocarle, no hicieron sino recoger en el texto constitucional lo que hubieran plasmado sus representados, creyentes la inmensa mayoría de los guatemaltecos.

 Ojalá tuvieran siempre los representantes, con sus representados, esa misma lealtad: A una Asamblea Nacional Constituyente o a cualquier Parlamento –llámese Congreso o Asamblea– no se llega a hacer lo que uno quiere –lo que a uno se le ronque en gana– sino a representar a sus electores, importante cordón umbilical que entre nosotros no hemos sabido honrar y comprender.

Estados Unidos de América es un país laico pero invoca el nombre de Dios, en su moneda: In God we trust.

La misma lealtad fue la que tuvieron los constituyentes con sus electores en lo que se refiere al reconocimiento de la Iglesia Católica –anterior al Estado– reconocimiento constitucional que implica –en lo suyo– el del orden jurídico que la rige. Las restantes iglesias precisan cumplir con los trámites que se encuentran establecidos para ser reconocidas pero –una vez cumplidos–: su igualdad es absoluta, lógica consecuencia de nuestras tradiciones al respecto, desde el siglo XIX, matrimonio civil, unión de hecho y divorcio incluidos.

También obligaban la tradición y la historia a otra norma constitucional con respecto a la Iglesia Católica, necesaria consecuencia de los bienes que le fueron robados –los menos–, para beneficio del Estado, los más para “otros” beneficios, norma que se refiere a la inscripción registral de los bienes suyos que pudo conservar y destinados a sus fines –norma necesaria en su caso y que no implica privilegio alguno puesto que ninguna otra iglesia ha sido objeto de despojo.

Es absolutamente falso, por el contrario (quienes gustan de falsear la verdad son expertos en mezclar verdades con mentiras) que exista alguna discriminación en favor de la Iglesia Católica con respecto a otras iglesias en lo que se refiere al pago de impuestos: todas –sin excepción– exentas.

¿Límites al culto? Tan solo uno, el del orden público y el debido respeto por la jerarquía de otros cultos.

Las críticas que se realizan en contra de la Iglesia Católica tiene mar de fondo: la invitación al relativismo y a “dogmas” que se nos quisieran imponer y que al final de cuentas atentan no solo en contra suya sino de todas las iglesias.

El ser humano –la cita es de Su Santidad, Benedicto XVI–, no es un átomo perdido en un universo casual sino una criatura de Dios a quien Él ha querido dar alma inmortal y a quien ha amado desde siempre.

Mal la invocación contenida en nuestro texto constitucional, si en falso: el divorcio señalado por su inolvidable antecesor, entre la fe y la vida.

Vale la pena, sobre todo esto, un momento de reflexión: un alto en el camino.

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