Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

Miguel Ángel Asturias, en su último año

¡Filgua estará alegre en julio y alegrará al Nobel!

— Fernando González Davison
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Cuando llegué becado a París a cursar Sociología del Desarrollo en agosto de 1973, el dinero se me iba en la renta del hotel. Las residencias universitarias eran más económicas pero estaban llenas. Solicité al Director de la Maison Franco-Britannique en la Cité Universitaire una habitación. Entre mis proyectos estaba París trabajar con Miguel Ángel Asturias, nuestro Premio Nobel. El Director fue receptivo. Le pedí a Roberto Asturias, casi su sobrino, la dirección de nuestro Nobel, a quien desconocía, pues el Director podía llamarlo para pedirle referencias mías. Llegué a las 7:00 a. m. a su apartamento. Oí que tecleaba su máquina. Blanquita me abrió y muy amable le avisó de mi visita, mientras continuó escribiendo unos minutos más. Salió en bata, me saludó y, ante mi solicitud, respondió que me daría una mano. Blanquita me ofreció té pero él le dijo que en Guatemala el té lo toman los enfermos. Y me trajo una tasa de café. Me explicó que escribía de las cinco a las siete de la mañana. La literatura es trabajo un noventa y nueve por ciento y uno de inspiración, me dijo. Grato y bonachón, siempre tenía a Guatemala en su mollera. “Yo acá no estudié literatura, sino indagué sobre nuestros mayas, y aprendí a conocerlos mejor desde la perspectiva de su memoria. De joven tuve a Ariel de Rodó como referente intelectual, imagínese lo retrasado que estaba. Por eso es muy importante investigar la verdad para un escritor, por lo que celebro que estudie Sociología e Historia”. A la semana el Director me dijo que podía alojarme en su residencia universitaria en noviembre. El Nobel ayudó como lo hizo con el poeta Roberto Armijo y otros más y lo visité varias veces. Estando con Celeste Aída de vacaciones a inicios de junio en Madrid, leímos la noticia que agonizaba en un hospital de esa ciudad. Fuimos a visitarlo. Se había puesto mal en Senegal, donde había ido por invitación del presidente Leopold Senghor. En Madrid esperaba reponerse y pedía ser tratado por un médico guatemalteco. Blanquita lo ubicó al fin. El vate leía las terribles historias del Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Y cuestionó la empresa insurgente de su hijo Rodrigo. Se lo dijo a su esposa, porque él no pudo llegar.

De vuelta a París, asistimos a su funeral en el templo La Madeleine. Frente al altar, delante de celebridades del mundo, varios guatemaltecos estudiantes hicimos guardia alrededor de su féretro: René Poitevin, Luis Alberto Padilla, Roberto Asturias, Laura Hurtado, Oswaldo Mazariegos, Guillermo Paz, Celeste Aída, yo y otros más… Ningún funcionario guatemalteco asistió. Allí estaba Blanquita, Miguelito, Amos Zegala, sagaz, entre ministros y personalidades. Tres años después fui a su tumba en Pére La Chaise, muy cerca de la de Gómez Carrillo.

Imagino que en sus últimas horas pasaron las imágenes de su vida personal, entre ellas, su gran amor por una francesa que conoció en los años treinta, cuyo padre no le permitió casarse con él a pesar que lo amaba y fue un drama por lo que volvió a su tierra. También pensó en sus hijos, en especial Rodrigo, que dejó la gerencia de Siglo XXI para convertirse en Gaspar Ilóm. Y en el amor por Blanquita, tan diestra para que se le otorgara el Premio Nobel.

Estoy seguro que él apoyaría nuestra actual revolución silenciosa en favor de las mayorías, comenzado por la justicia que trae el valiente dúo CICIG-MP contra la impunidad de la clase política y la elite económica corrupta. Él apoyaría eliminar el antejuicio y los amparos judiciales, y la lucha contra los capos como Pérez-Baldetti y sus ministros y los funcionarios que dejaron y están aún en la administración pública, todos secuaces suyos o del dúo Torres-Colom. ¡Viva nuestra revolución contra todo el andamiaje de corruptelas en los tres poderes del Estado, en el IGSS, en la jerarquía militar, en los partidos políticos, puertos y demás!

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