Domingo 26 DE Mayo DE 2019
Opinión

La corrupción, un flagelo universal

Las conductas corruptas no solo están en la cúspide de la pirámide sino también abajo, en la base social.

Fecha de publicación: 04-06-16

Guatemala está siendo un ejemplo mundial del combate a la corrupción. Semana tras semana se captura a diversos individuos acusados de actividades corruptas. Sin duda hacía falta emprender una vigorosa campaña como la que el Ministerio Público y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) están desarrollando. Aún falta que los acusados tras un juicio imparcial, si son culpables, sean condenados y cumplan sus sentencias. Sin embargo, es un buen comienzo y un gran ejemplo para el resto del mundo.

Las nuevas tecnologías de las comunicaciones han ayudado a transparentar la realidad de tal manera que ya es imposible ocultar prácticamente nada. Cada día es más claro que nada puede permanecer oculto bajo el sol. Así, toda la corrupción y la podredumbre que antes podían permanecer, y permanecían invisibles, ahora nos muestran sus feas caras. Muchos individuos manifiestan su enojo y su, quizás hipócrita, asombro por lo que cotidianamente se descubre.

Las nuevas tecnologías les facilitan a los ciudadanos supervisar y vigilar constante y detalladamente a sus gobernantes y a sus superiores en todas las organizaciones. Pero también ellos pueden vigilar y controlar a sus gobernados y empleados, como nunca antes se había podido hacer. Y así se descubre que las conductas corruptas no solo están en la cúspide de la pirámide sino también abajo, en la base social. La corrupción no respeta estatus o posiciones. La corrupción invade todo el cuerpo de la sociedad. Y este fenómeno no es nada nuevo, lo nuevo es que ahora es más evidente.

¿Qué hacer? Hace años, en una plática privada con el economista Gary Becker, le pregunté cómo se podrían eliminar el crimen y la corrupción. Su respuesta me sorprendió. “No es posible y no es deseable hacerlo. Podemos y debemos disminuir su incidencia y los daños que provocan, pero debemos aprender a tolerar y a vivir con un cierto nivel de esos males”. Y es cierto: ni siquiera en los sistemas totalitarios y sin libertades se han logrado eliminar totalmente las conductas corruptas y antisociales.

Sin embargo, la lucha contra la corrupción no puede ni debe evitarse. Disminuir los niveles de este fenómeno en la sociedad es posible y es deseable. La aceptación tácita de la corrupción por los ciudadanos es un permiso para que crezca e infecte áreas cada vez mayores del tejido social. Un permiso para que mine la fortaleza de la sociedad. El costo económico inmediato de la corrupción es grande. Puede llegar a ser en algunos países de hasta un ocho o diez por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Mucho peor es el costo social de largo plazo. Este consiste en la destrucción gradual pero creciente de los lazos de cooperación y de solidaridad que constituyen el cemento de todo grupo humano.

Siendo la corrupción un fenómeno que no distingue clases o grupos sociales –niveles de educación, afiliación religiosa, estatus económico o pertenencia a partido político alguno– y que atraviesa todo el tejido social, parece necesario constituir mecanismos externos que, al menos temporalmente, no formen parte integral de la sociedad que van a vigilar y supervisar. Nadie puede ser un fiscal o juez imparcial y al mismo tiempo parte del sistema que se intenta limpiar.

Quizá sea necesario acostumbrarse a que sean “visitadores extranjeros” quienes ayuden a las sociedades infectadas por el flagelo de la corrupción a curarse y a reponerse de este grave mal social.