Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Un año…

Yo no quiero venganza, quiero justicia.

— Francisco Palomo Marroquín
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Mi papa solía decir “de esta nadie sale con vida”, de alguna forma preparándonos para algo ineludible. Recuerdo que nos lo dijo muchas veces, y a pesar de eso creo que uno nunca se puede preparar para un evento así. En nuestro caso fue repentino, un golpe seco y así lo tuvimos que digerir, prepararse para eso no es posible. Después de un hecho como el que vivimos como familia a uno lo asaltan cientos de preguntas y poco a poco uno busca respuestas que van sanando la herida tan profunda que queda luego de un evento traumático.

Pero doce meses no son suficientes para entender en qué momento como sociedad nos volvimos tan apáticos. Tengo que confesar que yo antes de vivirlo en carne propia era igual, y hoy me impresiona cómo actuamos ante un hecho de sangre. En esta ciudad donde vivimos todos los días asesinan a más de 18 personas y se ha vuelto tan común que los medios la primera noticia que nos brindan, el avance, es el impacto que esto trae al tránsito. No se cuántas personas al escuchar de este tipo de incidentes se detienen a pensar en las víctimas, pero sé que muchos lo primero que piensan es en los extravíos que se deben tomar para no atrasarse en el quehacer diario.

La muerte de una persona de forma violenta debería ser titular de cualquier medio en una sociedad civilizada, no debería importar ni su profesión, ni su género o lugar de residencia. Alguien por su propia ley tomó la determinación de acabar con la vida de otra persona sin importar las consecuencias de su actos. Pero sucede con tanta frecuencia en este nuestro país que lo vemos tan natural como un accidente de carro, y me pregunto qué estamos haciendo para resolver este problema que nos afecta a todos.

Por el contrario he visto cómo los “defensores de los derechos humanos” enarbolan todo tipo de iniciativas menos la del sicariato. De alguna manera pareciera existir un plan maestro para invisibilizar el problema, será porque no es tan glamoroso hablar de eso, será porque es un problema de país tercermundista, honestamente no lo sé.

En nuestro caso y después de una diligente investigación por el Ministerio Público se pudo dar con los autores materiales del asesinato de mi papá, las pruebas son sólidas y no queda duda que ellos estuvieron involucrados en el hecho. Nos toca ahora seguir todos los procesos que nuestra legislación estipula hasta llegar a una condena. Me pregunto, qué castigo sería el más adecuado para una gavilla que durante meses se dedicó a asesinar a sangre fría sin ningún tipo de remordimientos a más de 60 personas.

Hace algunas semanas discutiendo acerca de la pena de muerte con un amigo me decía que era un tema complicado, que había temas religiosos, temas legales, tratados internacionales y que por eso las opiniones eran muy variadas. En mi caso por ser ingeniero creo que soy bastante más pragmático, la pena de muerte se contempla en nuestra legislación y por ende se debería aplicar. Adicional a eso en un país con recursos tan escasos como el nuestro trato de entender cómo se deberían de distribuir, le aseguramos la vida a alguien que ya fue condenado por quitársela a una o varias personas o a un recién nacido en un hospital público que tiene todo el potencial del mundo si se le brinda alimento y educación.

Yo entiendo que lo más cercano que tenemos los ciudadanos al poder es el Organismo Legislativo, que idealmente deberían de velar por sus electores, pero pareciera que se niegan a escuchar lo que el pueblo pide. Encuestas formales dicen que más del 80 por ciento de los electores está de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte y a pesar de eso uno escucha de diputados que están más enfocados en buscarle puestos a sus familiares que en tomar decisiones históricas.

Yo no quiero venganza, quiero justicia, pero no solo para nosotros sino para todas las víctimas de asesinatos que diariamente suceden en este país. Y quisiera que como sociedad fuéramos realmente empáticos con las víctimas, estoy seguro que el momento en que nuestras autoridades vean el efecto que los asesinatos causan en las familias y por ende en nuestro país podrían tomar decisiones de beneficio para la mayoría de los ciudadanos y no para quedar bien con los donantes que a veces parecen gobernantes.

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