Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

El Musac y el Instituto

Nos dimos cuenta del porqué le llamaban a la novena avenida Calle de la Universidad.

— José Barnoya
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Amigos y familiares me critican por mantener el pensamiento en el pasado y que no pienso para nada en el futuro. Lo cierto es que soy fiel a las palabras de tres pensadores: Luis Cardoza quien dice: “Un pasado que se reconoce en el porvenir es el presente”; Browning cuando asienta: “El presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”; Borges el que escribe: “El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo, interminablemente”. Esas son las razones por las que no me canso de recorrer las deterioradas calles, avenidas y callejones de mi viejo barrio. La once avenida o Calle del Teatro pues allí se encontraba el teatro Colón, con su iglesiota de La Merced, frente a la casa en la que mi abuela nos ofrendaba tortillas con sal después de rezar el Ángelus; la octava calle –la antigua Calle de los Mercaderes– con su iglesia de Santa Rosa, flanqueada por las enchiladas de la Niña Chenta, los dulces de Zaror y los tragos con sus cebollitas de Pancho el Patojo. Y la novena avenida –la calle de la Universidad– que utilizamos por mucho tiempo para subir a la Escuela de Medicina o enfilar hacia la plazuela Barrios para encaramarnos en el tren del Norte que nos llevaría a Zacapa y luego a Esquipulas en una vieja pero segura camioneta.

Fue en el 44 cuando ingresamos a estudiar bachillerato al Instituto Central de Varones que nos dimos cuenta del porqué le llamaban a la novena avenida Calle de la Universidad, pues a media cuadra del Instituto estaba nada menos que la antañona Universidad de San Carlos, réplica de la señorial Universidad en Santiago de los Caballeros. Enfrentando al Instituto Central y a la Facultad de Derecho, ha estado desde hace más de setenta años un edificio con hemiciclo, palcos, galerías y una hermosa biblioteca en donde antes muchos parlamentarios de primer orden leían, estudiaban y legislaban. A los lados de ese Congreso Legislativo estuvo la librería Homero de Antonio Brañas que después se llamó Maíz, sobrenombre del malogrado escritor Enrique Figueroa. De ahí salimos una tarde de abril con las Plumas de la Serpiente y los poemas de Aguilera, Brañas, Villatoro, Morales Santos, Obregón y Delia Quiñónez.

En la encrucijada de esa avenida con la décima calle, estaba la surtida librería Ibérica en donde don Pepe Escarrá, un vasco de pura cepa, vendía a precios módicos y no a los estratosféricos de ahora, libros para todos los gustos y todas las disciplinas.

El tiempo, la incuria, la inepcia y la ignorancia globalizadora acabaron con las librerías de la novena avenida. Quedaron como recuerdo: un desvencijado y mustio Instituto Central de Varones, un remozado y pulcro museo de la Universidad de San Carlos, y un desagradable muladar legislativo con un hemiciclo infestado por rudas intrigas, latrocinios descarados, escamoteos cínicos e ineficacia perenne.

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