Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¿Cuál es la tarea?

Pongámonos en los zapatos de los constituyentes.

 

— Édgar Gutiérrez
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Los términos del debate se invirtieron. Hace 30 años decíamos “qué mal con el Estado”, hoy tenemos que admitir “peor sin él”. En las transiciones del autoritarismo a la democracia, del modelo de sustitución de importaciones a los programas de ajuste estructural, y de la guerra a la paz, el Estado se ha debilitado riesgosamente. Ha perdido centralidad y autoridad. A medida que las reformas emprendidas resultan insuficientes para fortalecer al Estado, el Estado resulta insuficiente para ordenar la vida política, proteger la seguridad de los habitantes y garantizar condiciones de bienestar y equidad.

Para responder a la pregunta sobre qué tipo de Estado queremos, necesitamos y es factible para la seguridad y el bienestar de la sociedad guatemalteca del siglo XXI, pongámonos por un momento en los zapatos de los constituyentes de 1984-85 y preguntémonos ¿cuál es la tarea? En primer lugar: es anormal que un sistema económico no reproduzca su fuerza de trabajo y la expulse, ¿qué dice “la” política a los 120 mil jóvenes que cada año ingresan al mercado laboral y no encuentran cabida?, ¿qué dice “la” política ante el inaceptable drama de que la mitad de los niños sufra hambre crónica o aguda?

¿Son males inevitables o los podemos al menos paliar? Lo que no podemos hacer es desentendernos. Esos desafíos, incluyendo el del hambre, nos lleva al debate del modelo económico: las reglas de competencia en el mercado, los motores de crecimiento, la soberanía alimentaria erosionada y la distribución asimétrica de la cadena de valor, incluyendo en esta la renta de la explotación de los recursos naturales, a fin de cohesionar y hacer próspera a la sociedad y por tanto fuerte al Estado.

En segundo lugar: superamos la violencia política, que es una violencia que se organiza para cambiar o mantener un régimen político, pero ahora nos sofoca la violencia criminal, que no pretende ni cambiar ni mantener el sistema sino medrar de sus debilidades. No es normal que en democracia y con paz política cada día pierdan la vida violentamente alrededor de 15 habitantes en el territorio y otros tantos sean vulnerados en su integridad y patrimonio. La naturaleza de esta violencia y la manera como infecta el tejido social representa una seria amenaza de disgregación y cuestiona la razón de ser del Estado, socavando sus fundamentos jurídicos.

La ineficacia del Estado o percibir porciones del Estado mismo como parte del problema, tratándose de un desafío de supervivencia inmediata, despierta reacciones primarias (linchamientos, sicariato, etcétera) que echan por la borda el pacto social garantista de 1985. Ese desafío entonces nos lleva al debate del modelo de gestión de la seguridad, en el cual una vez jerarquizadas las amenazas e inventariadas las capacidades de prevención, control y rehabilitación, lo que cabe es un pacto nacional para reformar el sistema de protección y hacerlo eficiente (sigue).

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