Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Las funciones del Derecho

“In memoriam”.

— alvaro castellanos howell
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Alguna vez, en mi venturosa experiencia de haber conocido al ilustre abogado Alfonso Ordóñez Fetzer, recuerdo haber discutido con él sobre las funciones del Derecho. El jurista recién fallecido, que casi llega a un siglo de vida, era un manantial de reflexiones e inquietudes. No solamente en el ámbito jurídico.

Tenía una especial predilección por la historia política guatemalteca. Varias veces lo mencioné en columnas que ocupan este espacio. Me aportó sugestivos temas. Recuerdo con especial fuerza, los momentos en que, junto con Antonio Móvil, me enseñaron en qué consiste el gatopardismo. Maravilloso momento, que fue precisamente el último que lo vi con vida. Después solamente pude escuchar su voz una vez más, cuando me llamó hace poco para darme consejos sobre la fallida acción de inconstitucionalidad contra el transfuguismo. Me insistió en que los interponentes insistiéramos, pues en su opinión, esa aberración parlamentaria era para él, de las peores deformaciones dentro de nuestro sistema político. A pesar de nuestras grandes diferencias generacionales, nunca me hizo sentir su superioridad en todo sentido. Por ejemplo, era un auténtico políglota, que además de hablar francés, italiano, inglés y mandarín, dominaba q’eqchi’ y kaqchikel. ¡Dichoso hombre! Y jamás lo oí jactarse de ello.

Me enseñó que, en un ámbito más iusfilosófico, el Derecho, en esencia, tiene una doble función. Por un lado, tiene la función de reflejar lo que una sociedad quiere y, por lo tanto, sirve al mantenimiento o defensa de los intereses y valores dominantes. Lo jurídico sigue a lo social, y no al revés, decía.

Por otro lado, el Derecho puede promover o facilitar cambios sociales, aunque sin duda el Derecho no produce por sí mismo tales cambios. No es receta o pócima mágica. Ciertamente toda una ambigüedad o ambivalencia de funciones. Por un lado, agente de mantenimiento del “statu quo”, y por otro, agente de cambio social. Pero siempre concluía sus conversaciones con algo sensato; con una reflexión que hiciese sentido común. Cualquiera que fuese la posición que uno favoreciera (proestatus o antiestatus), debería partir siempre de la legitimidad y no de la simple legalidad. Y la legitimidad solo podía venir dada del bien común. Cuando recibí la noticia de su fallecimiento, sentí un rayo fulminante y abrasador. Queda su luz. Quedan sus gracias. Quedan innumerables anécdotas. Queda su ejemplo. Queda su huella. Lo logró.

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