Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

A cien años de la bomba 1907-2016

El fuego de los sitiados se fue haciendo lento hasta cesar definitivamente.        

— Juan José Rodil Peralta
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A las 6 de la mañana del 20 de mayo de 1907, hoy hace exactamente 109 años, cuatro hombres hijos predilectos de la patria, rindieron su ultima jornada, con gran heroísmo y dignidad, acompañados de determinación y decoro inigualables.

Un cronista anónimo de la época escribió: Vendieron sus vidas a un altísimo
precio y aun así no al precio que valían.

Rafael Arévalo Martínez, nuestro gran poeta y escritor inicia su relato de este pasaje histórico, en Ecce Pericles así: “fueron jóvenes y de la clase mas alta y culta, Enrique Ávila Echeverría, Jorge Ávila Echeverría, Julio Valdés Blanco y Baltasar Rodil, tenían títulos universitarios y habían estudiado en Europa. Hombres íntegros, al volver al país chocaron con el medio ambiente; sus ánimos no concebían que un déspota (Manuel Estrada Cabrera) sojuzgara en tal medida a los guatemaltecos”.

Juan José Carlos Rodil Machado describe en su libro Eco, el estado de Guatemala en aquellos días de dictadura y tiranía cabrerista así: “una casta envilecida se postraba sin pudor, la niñez está sometida a la escuela del vasallaje y una alta sociedad servil hacia la corte de honor. En bóvedas sombrías, sepultados en vida, yacían muchos patricios, otros eran flagelados, envenenados en las prisiones o torturados hasta la muerte. Allende en las fronteras estaban los desterrados, los
perseguidos sin tregua”.

Los dos hermanos Ávila Echeverría, Valdés Blanco y Rodil protagonizaron lo que se conoció como el Atentado de la Bomba el 29 de abril de 1907 y cuyo objeto era acabar con el oprobio y la vergüenza nacionales que presidía el déspota Manuel Estrada Cabrera. Atentado que el azar permitió que fallara.

Los cuatro encartados transitaron como sombras los 22 días siguientes, seguidos de cerca por los sabuesos del dictador y finalmente se refugiaron en la casa numero 29 del Callejón del Judío, la que todavía hoy está en pie. Doña Rufina Roca de Monzón afrontando todo riesgo los albergó en el tapanco de la casa para evitar que los empleados se percataran de su presencia.

Esperaban los perseguidos el momento oportuno para salir de la ciudad confundidos con un grupo de jornaleros de la finca de la noble señora mencionada.

Quiso sin embargo el destino, que al bajar del tapanco el doctor Valdés Blanco para atender la gravedad de un miembro de casa, una empleada los delatara a su novio, un sargento del cuartel de Matamoros.

Arévalo Martínez continúa en Ecce Pericles. “En la madrugada del 20 de mayo de 1907 toda la plana mayor del tirano y sus más altos esbirros rodearon la manzana y procuraron prenderles. Los sitiados se defendieron bravamente. A las 6 de la mañana se encontraron sin cartuchos y fatigados al extremo.

La escena la describe el insigne periodista Clemente Marroquín Rojas en su libro La bomba, Los Cadetes: “la escolta a esa hora (6 a. m.) había pedido alrededor de 25 hombres… había pedido refuerzo y al clarear el alba, un grueso piquete de soldados, rodeaba el teatro de aquella contienda tan desigual y tan hermosa.

El fuego de los sitiados se fue haciendo lento hasta cesar definitivamente. Era que sus cartuchos se habían agotado y que deliberaban sobre el instante definitivo de poner fin a su existencia.

¿Nos entregamos vivos? Nunca, nunca contestó Rodil.

Entonces; al suicidio, agregó Valdés Blanco.

Si, que la canalla se sacie en nuestros despojos, pero que no se nos humille vivos, cuando ya no podamos defendernos, arguyó el doctor Ávila Echeverría.

La tropa avanzó, temerosa aún de que aquel silencio fuera solamente una tregua, pero al penetrar, solo encontró cuatro cadáveres, tibios aún y con los ojos abiertos, como para mirar por ultima vez la claridad del sol, que a esa hora se levantaba perezoso y quizá avergonzado del cuadro sombrío que iba a iluminar…”.

Hoy 20 de mayo de 2016 a cien años de distancia, rendimos homenaje a los dos hermanos Ávila Echeverría, a Valdés Blanco y a Rodil que no dudaron en entregar sus vidas por la lucha libertaria que iniciaron, sembrando un ejemplo que continuó cobrando muchas vidas, como la de Juan José Rodil, que por la misma causa de la libertad murió fusilado con serenidad y valor en 1915, hasta que en 1920 el pueblo de Guatemala con el movimiento Unionista a la cabeza derroco al déspota de los 22 años.

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