Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Fegua/Ferrovías: otro negocio bananero más

Los de Ferrovías, ni lerdos ni perezosos, acuden al arbitraje internacional confeccionado a la usanza de las grandes ligas de negocios.

— Edgar Balsells
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Corría el primer lustro del siglo pasado y el dictador Estrada Cabrera reinaba fieramente por estas tierras. Pero también el aventurero empresario Henry Keith venía forjando el imperio de la United Fruit, buscando fundir la gran flota blanca de buques con los ferrocarriles, y consolidando negocios con Boston y Nueva Orleans. Las tierras del Nororiente y las de Honduras eran vitales para los planes de Keith, quien se extendía desde el sur, allá por Boca del Toro, y luego comprando y arrendando las tierras colindantes con el Sixaola y el Limón costarricense.

Keith se ayudaba de los clásicos soportes políticos que alimentaban los enclaves de plantación de aquellos tiempos, y sus maniobras incluían las consabidas presiones sobre los endebles Estados bananeros, al punto que la historia reveló luego aquel chisme de sobornos que le gustaba masticar a su socio gringo, de apellido Zeemurray: “una mula cuesta más que un diputado hondureño”.

Con esperanza creímos que, con la democracia se irían extinguiendo esos comportamientos bananeros, pero que va, el 23 de abril de 1998, el Congreso de ese tiempo aprueba uno de los usufructos más oprobiosos de nuestra historia reciente: la cesión de todos los bienes de Fegua a una sociedad anónima subsidiaria de la empresa ferrocarrilera norteamericana RDC, cuyo principal propietario es el señor Henry Posner.

Pareciera ser que desde las andanzas de Keith, a las de Posner, las cosas más bien se han sofisticado, financiera y comercialmente hablando, y como bien lo dice la investigadora periodística Olivia Monckleberg en relación con las privatizaciones chilenas, “mientras la derecha gobernante vendía, la derecha económica compraba”.

Y es que la empresa Ferrovías, desde que comenzó a gozar de los bienes muebles e inmuebles trasladados por la mal recordada ley congresil, no movió ni un solo tren, ni recuperó un solo metro de línea férrea, que era su razón de existir. La empresa se dedicó, eso sí, a lucrar con las propiedades concedidas, y recordemos que son muchas porque su herencia viene nada más y nada menos que de esa poderosa alianza entre las empresas norteamericanas IRCA y United Fruit Co, esta última antecesora de los dominios que hoy pertenecen a Bandegua y Chiquita Banana.

Pero las cosas no terminan allí: en 2007, cuando pululaban los comisionados sectoriales de Berger, y sus influyentes cuartos de al lado corporativos, deciden exigirle a Ferrovías otro tipo de menesteres, a las que la holgazana empresa no estaba habituada, en virtud de que el negociazo de los bienes raíces la había alejado de su giro de negocios por el cual se le había invitado temporalmente al país: como operadora de trenes en los Estados Unidos.

En las disputas de diversos intereses, vinculados al ferrocarril de carga y las cuantiosas propiedades administradas, a don Berger se le ocurre declarar la lesividad de una compañía norteamericana, en plena vigencia de un tratado de libre comercio.

Los de Ferrovías, ni lerdos ni perezosos, acuden al arbitraje internacional confeccionado a la usanza de las grandes ligas de negocios; y por supuesto el Estado chapín pierde, y hoy la empresita ganadora no solo apela al pago ganado de US$15 millones, sino más, derivado de sus cálculos por pérdidas estimadas por entregar al Estado, antes de tiempo, una concesión de 50 años, diseñada por los encargados de las comunicaciones y el transporte.

Y por si ello no fuera poco, Ferrovías hizo tremendo negocio con la Chiquita Banana cediéndole por 50 años Puerto Barrios, como si fuera la dueña de un terreno que tan solo usufructuaba: vaya si no nos ven cara de bananeros y de arrieros de mulas aún.

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