Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Lo que le debemos a Asturias III

Seguramente la literatura tiene una temática tan amplia como la vida misma.

 

— Marcela Gereda
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Como ya lo expresé: el próximo año se cumplen cincuenta años del Premio Nobel de Asturias. Medio siglo no ha sido suficiente para que esta sociedad enaltezca al escritor reconociéndolo como un referente para imaginar y forjar  nuestra propia identidad nacional. ¿Por qué?

Parte de esas respuestas puede ser nuestra incapacidad para reconocer el vasto mestizaje del que somos producto.

No estoy ni cerca de ser una especialista en la obra de Asturias, pero sí puedo afirmar que hay a lo largo de su escritura: una preocupación ética y estética enfocada al mestizaje.

Tanto Leyendas de Guatemala como Mulata de Tal, son dos de sus obras imprescindibles para retratar y representar el mestizaje guatemalteco, ya que en ambas obras los mitos o leyendas de la cultura española y de la cultura indígena se funden, se entrelazan de tal manera que ya resulta imposible distinguir qué es de quién.

Como un arqueólogo minucioso, Miguel Ángel Asturias va desempolvando el pasado maya para recuperarlo y reapropiárselo, para dotarlo de una estructura onírica surrealista, para nombrar y describir una cultura que se formó tras la llegada de los españoles. “Asturias es un falseador genial de la realidad guatemalteca,” dijo hace años  MR Morales. Aseveración acertada y  real en el sentido que la materia prima de la  obra Asturias: Guatemala en sus formas o contenidos, es recreada, fabulada o tamizada con instrumentos poéticos: imaginación y una utilización genial del lenguaje.

Otros países se apropian de esos escritores que hunden sus manos en las raíces para dar sentido a la identidad. Por ejemplo Ernesto Cardenal de Nicaragua. Aquí pareciera que no tenemos capacidad de hacer lecturas, y marginamos a nuestro máxime representante, MAA.

En Leyendas de Guatemala, dice Asturias sobre Guatemala: “Es una ciudad formada de ciudades enterradas, superpuestas, como los pisos de una casa de altos. Pisos sobre piso. Ciudad sobre ciudad”.

Y no es que los temas originarios, de las raíces o de lo propio, sea el tema central del arte, seguramente la literatura tiene una temática tan amplia como la vida misma. Se es grande por cómo se modela una idea. Para Asturias, su “idea” fue Guatemala pero no se agota aquí.

Desde que tengo uso de razón resuenan algunos versos de Asturias admirados y citados en la casa de mis padres como Caudal: “Dar es amar, dar prodigiosamente por cada gota de agua devolver un torrente. Fuimos hechos así, hechos para botar semillas en el surco y estrellas en el mar…” .

Esta como tantas más composiciones merecen la atención por su claridad, o su originalidad de expresión, pero siempre, por un hondo sentido, en versos que pueden ser compañeros inspiradores de nuestro viaje por la vida. Recuerdo en mi niñez a mi madre expresando: “no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo” (en su elogio al trabajo de Es el caso de hablar) o “Creo en la libertad, madre de América”.

Por los descendientes directos de Miguel Ángel Asturias, me entero de la polémica que empieza a levantar la publicación de Hombres de Papel, del escritor Oswaldo Salazar la novela de ficción publicada por la editorial Alfaguara, se basa en la relación de Miguel Ángel Asturias con su hijo Rodrigo Asturias.

No conozco aún el libro en cuestión, pero me surge la duda: ¿con qué propósito se busca tachar la memoria de la vida de Asturias?, ¿por qué alguien con talento literario podría gastar su pluma en dar legitimidad a los prejuicios que desde siempre han existido en la elite guatemalteca hacia nuestro Premio Nobel?, ¿no será acaso que hay algún oscuro interés de cierto sector de la sociedad en contribuir a la injusta marginación de Asturias?, ¿por qué en vez de rescatar la invaluable obra asturiana se pierde energía en denigrar su imagen y la de su familia?

Personalmente le debo mucho a Asturias. También por un un intercambio entre mi abuelo Ramiro Gereda Asturias, quien fue embajador de Guatemala por 32 años en distintos países del mundo, manteniendo correspondencia con su primo, Miguel Ángel, de quien aprendimos:

Recuerdo que en los días rosados de mi infancia,  la abuela (¿de quién son los abuelos?, ¿de los niños?),  solía por las noches, cuando la tibia instancia  parecía una caja de dulces de la luna,  contar historias viejas. Hoy ya no sé ninguna.  Abriendo lentamente los cofres de mi abuelo,  me daba a que besara la hoja de su espada.  Guardaba ha muchos años un relojón de plata,  una bandera blanca y azul color de cielo,  la estrella de una espuela y un lazo de corbata.  Conservo esos recuerdos que me legó de un hombre  y tengo en las reliquias de mis antepasados  la historia de mi casa, la gloria de mi nombre,  y guardo en esos cofres que siempre están abiertos  el retrato de bodas de mis abuelos muertos.  (Miguel Ángel Asturias).

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