Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Es la política, tonto

El principal culpable de este sistema fallido es la propia clase política en su conjunto.

 

— Mario A. García Lara
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“Es la economía, tonto” fue un exitoso lema de campaña que Bill Clinton utilizó en 1992 para vencer en las elecciones al entonces presidente estadounidense George Bush (padre). Esa simple frase resumía el problema clave que había que resolver en ese momento para sacar adelante a ese país. Hoy, en Guatemala, la frase equivalente debería ser: “es la política, tonto”.

Repetidamente he sostenido que, actualmente, el principal obstáculo para la prosperidad nacional es, en efecto, el fracasado sistema político imperante. El Índice de Calidad Institucional 2016 (de reciente publicación) señala que Guatemala ocupa el lugar 24 dentro de 35 países del Hemisferio Occidental; lo curioso es que de los dos componentes que integran dicho índice, en el subíndice de instituciones de mercado nuestro país se ubica bien en el puesto 15; pero en el subíndice de instituciones políticas lo hace muy mal en el puesto 31, solo mejor que Cuba, Honduras, Haití y Venezuela.

El principal culpable de este sistema fallido es la propia clase política en su conjunto, que ha defraudado a todo el país mediante una combinación de corrupción y negligencia. El liderazgo político no volverá a contar con la confianza de la ciudadanía –y los problemas del Estado no empezarán a solucionarse– sino hasta que se produzca una reforma a profundidad. Lo preocupante es que quienes tienen en sus manos la reforma del sistema son los mismos que lo llevaron al fracaso y que están comprometidos con las prácticas oscuras de la vieja forma de hacer política.

Las raíces de dicho fracaso están en la desnaturalización que gradualmente infestó la política nacional desde el principio de la era democrática, cuando se empezó a buscar el poder ya no con el fin de ejercerlo para aplicar medidas y acciones de gobierno, sino con propósitos de enriquecimiento personal mediante el desfalco del erario público. Por desgracia, las reformas a la Ley Electoral, recientemente aprobadas por el Congreso y que en realidad no introducen cambios significativos, no van a solucionar la situación de fondo.

Por eso es importante que el presidente Jimmy Morales haya puesto públicamente en duda la utilidad de tales reformas y planteado la posibilidad de vetarlas. Ciertamente, las referidas reformas incluyen algunos cambios positivos, pero incluyen también algunos retrocesos importantes y no modifican problemas fundamentales como la ausencia de democracia interna en los partidos o la falta de representatividad en los listados de elección popular.

Es oportuno que se exponga la insuficiencia de esa reforma antes de que se disipe la estela de demandas de cambio profundo que la plaza pública planteó el año pasado, y en tanto prosperan los procesos judiciales contra diversos escándalos de corrupción que son un signo de que algunas instituciones estatales –particularmente en el área de la persecución penal­– están madurando y consolidándose. La clase política no debe dejar de sentir la presión y el reclamo ciudadano para que autodepuren y reformen el sistema político.

En tal sentido, independientemente de si el presidente Morales veta o sanciona las reformas a la Ley Electoral, lo verdaderamente importante será que se discuta, impulse y apruebe una segunda –profunda y seria– fase de reformas al sistema político. De lo contrario, Guatemala estará condenada a seguirse hundiendo en el fango de un sistema diseñado con aviesos fines por la generación de líderes de la vieja política. Este es el momento en que la presión ciudadana debe mantenerse.

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