Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La alicaída moral tributaria

A los oídos de JF Solórzano y JH Estrada.

— Gonzalo Asturias Montenegro
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Imagínese el sentimiento de quien labora tesoneramente para ganarse un sueldo, que luego la esposa y los hijos malgastan festinadamente. Pues igual pasa con el contribuyente que con esfuerzo paga sus impuestos, los cuales los gobernantes dilapidan. ¡Y lo hacen muy bien!

¿Cuál es la moral tributaria de quien se entera que una institución internacional estimó que el 30 por ciento del presupuesto del Estado se pierde en gasto opaco? ¿Qué piensa de que se subsidie el transporte colectivo de la capital sin control alguno, otorgándolo sin importar el precio del diésel, e inclusive al 57 por ciento de unidades que aparentemente no circulan?

¿Qué piensa el contribuyente de que el Congreso pueda “funcionar con Q400 millones, en vez de los Q800 que se receta cada año”?, como puntualizó JL Font.

¿Cuánto golpea la moral tributaria del contribuyente saber que sus impuestos pagan plazas fantasmas, sobreprecios en la obra pública, contratación de compadres y amantes, y que terminan en los bolsillos de dipuconstructores? (Solo la gobernadora de Alta Verapaz y el Canciller, que es un profesional de carrera, han tenido valor de denunciar el chantaje de los diputados).

¿Qué piensa el contribuyente que no se presente ninguna acción legal por los lesivos pactos colectivos de trabajo en el Estado, y que por esa omisión se dilapiden millonarias sumas de dinero; y que no se haya emitido una nueva Ley de Servicio Civil?

¿Cuánto horada la moral ciudadana enterarse que hay fondos públicos que están fuera del escrutinio de la Contraloría, por estar manejados en alegres fideicomisos; que existe un sistema paralelo de gasto público; y fondos que terminan en manos de evasivas ONG? ¿Qué piensa el ciudadano que a diario lee y escucha las noticias de que la corrupción sigue rampante? ¡Es del carajo!

¿Qué impacto causa a la moral tributaria saber que la reforma a la Ley de Telecomunicaciones de 2012 exoneró del pago de impuesto el uso de las radiofrecuencias, las cuales en otros países representan importante ingresos al Estado? (¡Freno para unos y rienda suelta para los poderosos!) Y ¿cuál es el impacto de saber que en Puerto Quetzal hay contratos corruptos como los de las famosas “rampas”? (La última aparentemente de Baldetti).

Los gobernantes buscan aumentar la recaudación, que será dinero para malgastar mientras no evidencien que quieren hacerlo con honestidad, eficiencia, de acuerdo a prioridades y con controles (gastamos más en cobrar que en controlar el gasto, por ello invertimos más en la SAT que en la Contraloría, convertida en La carabina de Ambrosio. ¡El MP/CICIG son los que destapan la cloaca de la corrupción!).

El superintendente Juan Francisco Solórzano prestigiará la SAT si suprime la discrecionalidad, simplifica la engorrosa forma de tributar y facilita los trámites (¡que no haya más colas!) a los contribuyentes, incluidos los diez mil que aportan el 80 por ciento de los impuestos, ya sean propios o como agentes retenedores. (A estas alturas nadie cree ya en la eterna promesa de todos los gobiernos de que aumentarán sustancialmente la base tributaria) Y el ministro Julio Héctor Estrada deberá buscar que el Gobierno expulse de su seno a corruptos y ladrones, que el gasto sea eficiente, de calidad, con controles estrictos porque moral pública y moral tributaria son dos caras de la misma moneda. De lo contrario, el mensaje será que hay que pagar impuestos aunque se los roben o malgasten, como acontece ahora. Mientras el mencionado 30 por ciento de gasto público opaco no se reduzca al tres por ciento, no habrá moral tributaria. ¡Así de sencillo! Y, ¡no hay que buscarle cinco pies al gato! pues solo tiene cuatro.

¿Amnistía fiscal? Quizá para Pymes y contribuyentes menores (menos de Q150 mil de adeudo inicial) en lo que respecta a intereses y moras, como mensaje de que habrá alguna vez cobro y manejo transparentes.

 gasturiasm@gmail.com

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