Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Opinión

En nombre del Señor

La experiencia de abril del 2015 será útil si se consolida la democracia real.

— Amílcar Álvarez
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La inestabilidad social se cultiva en el país con más pasión que el maíz y su intensidad se desliza sutilmente entre la perfidia, el odio y la perversión política. Contribuyen a configurar el drama seudopastores de sectas religiosas que proliferan apartadas del evangelio por su conducta inadmisible, tocando a Dios con las manos sucias al carecer de escrúpulos predicando en algunos casos el humanismo liberal. De hecho son estructuras paralelas envueltas en un manto de bondad que no tienen, engañando a personas de buena fe de preferencia con pisto, no digamos a los pobres al amparo de la ignorancia. El desarrollo social y económico del país no puede estar a merced de maromeros y lo que procede es regular sus actividades para que no sigan confundiendo con prédicas estériles a los incautos. Lejos de inducir a reflexionar alimentan la confrontación apagando la llama tenue de tolerancia que existe, sin reparar de que el engaño no resuelve la problemática Nacional y que el futuro de Guatemala únicamente lo puede garantizar la democracia. No se trata de integrismo religioso ni político, es una bola de listos que desprecia la verdad sin poder esconder que le rinden culto a la sombra de dogmas viejos, volviéndose parte del problema y no de la solución del deterioro de la salud política y social. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Las ideas también envejecen perdiendo con el tiempo el brillo que seduce y a veces lastima las tradiciones y las costumbres. El paradigma clásico son los privilegios otorgados a unos en detrimento de otros, creando ciudadanos de segunda clase que son prisioneros del sistema, impidiéndoles progresar en igualdad de condiciones agudizando la fragmentación social. Bajo la premisa de que el principal enemigo de la democracia es un Estado débil, los gobernantes deben fijar la agenda política y no las elites, y con visión promover cambios cualitativos fortaleciendo la cohesión social y satisfacer las necesidades humanas, estableciendo condiciones en las que se respete la ley y la autoridad, sin que prevalezca la irracionalidad de manosear los intereses sociales. Permitirlo es un error fundamental. También es útil fomentar una nueva actitud con la participación responsable de diferentes sectores –excluyendo talibanes– lo que permitirá avanzar y cultivar los valores democráticos utilizando el potencial disponible, en especial el factor humano. Es tiempo de renovarse y modernizar el país sin perder la identidad ancestral que debe contribuir a elevar el nivel de mística y responsabilidad que nos falta. La experiencia de abril del 2015 será útil si se consolida la democracia real, de lo contrario formará parte de un sueño extraviado que no cambió nada.

De continuar el sistema estático que nos rige estamos perdidos perdiendo el tiempo, el bienestar no surge por generación espontánea. Con ese modelo obsoleto el deterioro social es irreversible y obligará al tío Sam a intervenir abiertamente, al entender que su seguridad es más vulnerable de lo imaginable a la incapacidad y corrupción de los dirigentes y al subdesarrollo. Las cicatrices de la miseria no se borran con facilidad y bien harían en diseñar una política de inversión en diferentes áreas como los servicios, creando empleos bien remunerados evitando la convulsión popular, inmigración masiva y otros males que no los detiene el muro de la vergüenza de Trump que se quedará con los colochos hechos sin ser Presidente. La opción tarde o temprano es trasladar el bienestar de esa sociedad a la región, si no lo hacen los efectos de la inestabilidad social serán perpetuos y fatales para sus intereses contaminándose sin remedio de rencores viejos, perdiendo la esencia de sus valores acelerando la decadencia. La llave todavía la tienen en la mano, si la pierden se joden.

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