Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La gran defraudación que quiso hacerse (III parte de El comiso)

La verdad es que se hizo todo para lograrlo pero, afortunadamente, quedó frustrado el principal de los delitos.

— Acisclo Valladares Molina
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Supongo que los “probos empresarios” –los de la terminal de contenedores de Puerto Quetzal– no se dan a la tarea de practicar el soborno como un deporte nacional –algo así como el soborno por el soborno– “el arte, por el arte” –sin que este tenga otros propósitos ni se persigan ulteriores consecuencias y que tampoco se hacen de los contratos obtenidos para que adornen en sus casas las paredes.

Los instrumentos de la gran defraudación que quiso hacerse fueron, en primer término, el dinero que se haya podido dar para hacerse del contrato –dinero que, necesariamente, tiene que ser objeto de la pena de comiso (su pérdida en favor del Estado) pero también lo fueron las inversiones realizadas ya que estas se hicieron como un imprescindible instrumento para que pudiera darse la culminación de lo intentado y que no constituía otra cosa que hacerse de miles de millones con la explotación de un bien público, pagándole, como contrapartida, una cantidad ridícula al Estado.

Los empresarios, al parecer españoles, sobornaron para obtener el contrato y, una vez logrado y realizadas las inversiones necesarias para exitosa operación del bien “usufructuado” (este era el fin último a alcanzarse) hacerse de las ganancias producidas, pagándosele al Estado unas migajas.

El fin perseguido con todo cuanto se hizo –utilizados los instrumentos para alcanzarlo (soborno e inversiones)– no era otro –y sigue siendo– que hacerse de un pisto que jamás –en justa causa, siguiendo los pasos de la ley– hubiera podido corresponderles en semejantes proporciones.

La diferencia entre la renta a precio de mercado y la renta pactada (exigua) constituye la defraudación que quería hacérsele al Estado –defraudación aún no consumada y que se encuentra– al menos hasta ahora –en el grado de tentativa– lo que hace de todo cuanto fuera utilizado para lograrlo (sobornos e inversiones) los instrumentos del delito: instrumentos que –necesariamente– deben caer comiso a favor del Estado –tal la pena accesoria que se debe imponer, tras el debido proceso–. 

CICIG-MP deben probar en juicio, con todas las garantías del debido proceso, todo lo hecho para alcanzar el pisto desmedido que quería alcanzarse –el fin último de todo lo hecho– el fin último de los sobornos e inversiones: una terminal de contenedores en sus manos, pagada a precio ridículo la tierra del Estado (no se olvide que esa tierra vale por los miles de millones que fueron invertidos por el Estado en Puerto Quetzal –inversiones pagadas con nuestros impuestos– los “empresarios usufructuarios”, improvisados beneficiarios de lo hecho: Ningún valor el de la nueva terminal, sin dicho puerto).

Para que los traficantes puedan hacerse del pisto que llegue a generarse con el trasiego de la droga deben “invertir”, tal y como también lo debieron hacer los “empresarios” para hacerse del pisto que llegare a producir la terminal que habrían de construir, cuando operando.

El soborno se dio para que no se convocara a una licitación internacional, para que se obviara la concesión que se hacía y se le diera a la concesión –simulada– la forma de usufructo siendo el fin último de todo lo actuado –incluidos los sobornos y las inversiones realizadas– el pisto que habría de producirse con la explotación de la terminal ya terminada, el Estado, reitero, nosotros, recibiendo las migajas.

El comiso es algo diferente que los daños y perjuicios tratándose este de una pena –un castigo– por los delitos perpetrados –la pérdida, en favor del Estado de los instrumentos y objetos del delito– pérdida esta que en nada indemniza a la víctima (no es esto lo que busca el comiso, sino el castigo) teniendo esta derecho –cuando se producen– a ser indemnizada.

Si la víctima, el propio Estado, además del comiso a su favor, puede el Estado buscar el resarcimiento de daños y perjuicios.

Guatemala optó por solicitar la creación –algo sin precedentes en el mundo– de una Comisión de la Organización de las Naciones Unidas para combatir la impunidad (la de los grupos enquistados dentro del propio Estado y, en consecuencia, de muy difícil combate por sus solas instituciones ordinarias –reto para cualquier otro país– en ya –lo más problema– es que surgieran parecidos esqueletos de sus clósets.

Guatemala, pues, en tal sentido, ejemplo para el mundo. 

En el caso concreto llega la corrupción hasta el Reino de España, empresarios ciudadanos suyos, los que sobornaron y, al final de cuentas, los grandes beneficiarios de toda la defraudación que quiso hacérsele al Estado y de las ganancias a obtener, a sus costillas.

El pisto –“elemental, querido Watson”– el motor y aspiración de lo ocurrido.

¿Impunes los empresarios? ¿A buen resguardo sus instrumentos del delito? ¡Por favor! A estos lo único que les duele es el pisto: La palabra, pues, incluso con importantes ribetes más allá de nuestras fronteras la tienen el Ministerio Público-CICIG; el comiso –además de las penas principales– es la pena a lograr, cabal donde duele y, matizo, quizá la única que duele. Amén.

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