Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Buscando la salida del mar de corrupción que nos ahoga

Debemos empujar por cambios y reformas institucionales.           

— Manfredo Marroquín
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Todavía peor que la corrupción y sus secuelas en todos los ámbitos sociales, es la tendencia que predomina en el país a dejar esos casos como un asunto del ámbito penal que en el mejor de los casos lleve a una sanción ejemplar de los responsables. Pero para salir del mar de corrupción que nos ahoga, hace falta que después de cada destape de caso que persiga la CICIG y el MP, se conforme un plan de acción para “desinfectar” las instituciones involucradas, provocando los cambios administrativos, legales, financieros y si fuere necesario refundacionales pues como dice el refrán popular “lo que no sirve, no se arregla”.

El TCQ es un caso excelente para iniciar esta cruzada de sanación institucional. Para lograrlo urge que el presidente una vez definida la ruta y estrategia legal necesaria para defender los intereses nacionales, convoque a un espacio donde participen actores estatales y de sociedad civil, incluyendo obviamente a las fuerzas vivas que conforman la zona del Pacífico, para debatir las mejores opciones para desarrollar esa zona territorial del país que por haber sido abandonada por el Estado, ha sido tomada crecientemente por grupos ligados al crimen organizado.

La manera de ir complementando el excelente trabajo de CICIG y MP sería crear una iniciativa de Reconstrucción Institucional que funcione de contrapartida, cuyas funciones serían precisamente la de realizar un diagnóstico social participativo, validar las opciones de cambio examinadas y poner en marcha el plan de acción que se decida en ese espacio plural de participación estatal y de todos los actores sociales atinentes.

Limitarnos a la acción penal o de depuración, es equivalente a quitar el dolor pero sin curar las causas de la enfermedad, tal y como nos ocurrió con la famosa depuración de diputados en 1993, autoengañándonos creyendo que con la salida de los malos diputados del momento (la trinca infernal), los males en ese organismo acabarían, cosa que no solo no ocurrió, sino que dio paso a males mayores como el transfuguismo masivo y la extorsión como practica favorita ejercida por verdaderos Chuckys legislativos que superaron a los maestros de la entonces famosa trinca infernal.

Como comprobamos en este último caso, es un asunto sistémico que requiere de nuevos diseños institucionales que rompan con los creados en el pasado y que hoy vemos desmoronarse ante la gran corrupción y el latrocinio patrimonial del Estado, para favorecer a unas cuantas minorías que se enriquecen en detrimento de una población cada vez más empobrecida y marginada de cualquier oportunidad de desarrollo.

Hay dos casos-temas que responden a la lógica que estoy proponiendo delinear de manera sistémica. El recién convocado diálogo por la Reforma Constitucional de la Justicia y el nuevo modelo penitenciario que iniciara con la creación de la primera prisión diseñada como un centro de rehabilitación y corrección del privado de libertad inspirado en el exitoso modelo dominicano.

En ambos casos se está promoviendo un proceso participativo de deliberación para la creación de la nueva infraestructura institucional y operativa tanto del sector justicia como de los centros carcelarios, ambos colapsados por diseños que respondían a premisas obsoletas que dieron lugar a la gran corrupción que afecta a ambos servicios públicos.

Si bien la responsabilidad política de conducir al país hacia escenarios más favorables para el desarrollo es del Gobierno, no podemos ni debemos como ciudadanos dejar que sea la inercia la que conduzca el país. Debemos empujar por cambios y reformas institucionales que nos alejen del alfaque de corrupción que nos está arrastrando a aguas más profundas que nos alejen de las metas de desarrollo.

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