Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Revalorización del servicio público

El mérito no es reconocido en el sector público.

 

— MARIO FUENTES DESTARAC
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Una pregunta que muchos se hacen es: ¿Por qué las personas más capaces e idóneas para ocupar los más altos cargos en el gobierno, en la administración pública y en los otros organismos estatales no tienen el interés ni la aspiración de convertirse en funcionarios o servidores públicos?

En todo caso, lo más lógico sería que las personas con los méritos suficientes, con mayor vocación de servicio y que gozan de reconocida honorabilidad, integraran y conformaran los cuadros estatales, especialmente los más altos, y que, incluso, rigieran la vida pública de la nación. Lo anterior en el marco de que el manejo de la cosa pública debe ser de la más alta incumbencia de los ciudadanos y que la experiencia histórica de la humanidad dicta que los pueblos que han confiado el servicio público a mercenarios o a rentistas han perdido la capacidad de autogobierno, y han sido sometidos o sufrido rezagos inconmensurables.

En Guatemala está ocurriendo un fenómeno preocupante. Tanto las personas de éxito como las altruistas rehúyen el desempeño de un cargo público. Aunque tengan un alto grado de conciencia cívico-política y sentido social, prefieren apoyar, asesorar o incidir en paralelo, pero sin asumir la autoridad y la responsabilidad inherentes al desempeño del cargo público.

Cuando uno interroga a jóvenes sobre emplearse como servidores públicos, la respuesta que recibe es que no está dentro de sus prioridades ni pretensiones, salvo temporalmente por necesidad. Esto sin perjuicio que muchos jóvenes sí valoran altamente el servicio comunitario y atribuyen gran importancia a la solidaridad y la responsabilidad social. Por cierto, en mi época de juventud la cosa era diferente. Trabajar en el sector público era una opción laboral interesante, digna, prestigiosa y de desarrollo profesional, técnico y personal. De hecho, se nos alentaba y se nos antojaba enrolarnos en el servicio público. Yo, personalmente, nomás regresé de mi posgrado en el extranjero ocupé el cargo técnico de Secretario de la Corte Suprema de Justicia. Tenía 27 años de edad.

Algunos partidarios del colectivismo dan por sentado que este retraimiento se debe al individualismo extremo que se ha inoculado a nuestra sociedad. Sin embargo, esta asunción es muy simplista e indemostrable. Yo lo atribuyo más bien a que el servicio público se ha desvalorizado, desacreditado o degradado ante los ojos de la población, debido principalmente a que el mérito no es reconocido en el sector público, a que las plazas y puestos de trabajo se asignan con base en “conectes” o vinculaciones político partidistas, así como a que la gestión pública es asociada con la inmoralidad y la corrupción. Luego, muchas personas preparadas, que se ven a sí mismas como sanas, trabajadoras y honradas, y que aspiran a ser exitosas y prósperas, descartan la opción del servicio público, salvo que no tengan más opción que esa.

En mi opinión, la única manera de convocar a los mejores para que se vinculen al sector público es a través de privilegiar el mérito y la decencia. En todo caso, la misma Constitución establece que el otorgamiento de los cargos públicos debe obedecer a “razones fundadas en méritos de capacidad, idoneidad y honradez”.

Claro que debe dignificarse la función pública a través de la remuneración y de la estabilidad laboral, pero el mayor esfuerzo debe centrarse en prestigiar al cargo público, para que quien lo ocupe adquiera buena reputación y sea visto con respeto. Esto solo se logrará dando pábulo al merecimiento, a la ética pública, a la carrera de servidor público, así como a reconocer y premiar con honores el buen desempeño.

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