Jueves 18 DE Abril DE 2019
Opinión

Extracto 2

Creó su propio universo, a su gusto, moldeado por sus convicciones, que prevalecieron siempre con galante valor.

 

— Luis Fernando Cáceres

Finalmente, después de muchos meses, bastantes más de los que quisiera admitir, he finalizado el material que enviaré este jueves a la casa editorial para publicar mi primer proyecto literario. Les dejo el último extracto antes de salir a impresión.

Manfred Stolz murió el 16 de octubre de 1987. Esa tarde, parado en el balcón de su vieja casa, vi de forma distinta el pueblo. Lo percibí mágico, como coronado por un aura de misticismo.

Lambach es un pequeño pueblo milenario, localizado en el centro de Oberösterreich, en Austria. Está situado justo entre Salzburgo y Wells. Lo atraviesa el río Traun. El emblema del pueblo hace referencia al viaje de una joven virgen que piloteó una barquita por el río hasta su salvación. Justo antes de llegar al centro del pueblo está la estación del tren en cuya salida hay una de esas Tabak-Traffik, en donde se encuentran todo tipo de tesoros: tabaco de Turquía, chocolate de Viena, diarios de Turín y de Milán, revistas de París y una que otra curiosidad de Berlín.

“El proyecto Stolz ha concluido”, me susurró Manfred justo antes de cerrar los ojos. Creo que reconocí una leve sonrisa en sus labios al terminar la frase, pero bien pudo haber sido que mis ojos vieran lo que añoraban encontrar en aquel rostro. Mientras me pongo el abrigo, dirijo la mirada a cada rincón de la casa, tomo aire respirando profundamente y, con el corazón resignado, cierro la puerta atrás de mí.  Sé que nunca regresaré al número uno de la calle Shusstatt.

Conocí a Manfred cuando yo era niño. Fue él quien me enseñó a tocar la guitarra, fue en su casa donde descubrí en una vieja librera a Hesse y a Süsskind. Fue él quien me animó a escribir cuando mi desesperación parecía insufrible. Nunca me dio lecciones directas, sino siempre me animó a descubrir la respuesta dentro de mí. La porción de certeza que puedan tener mis actos se la debo a él. Haber sobrevivido a la inseguridad, propia de los años de colegio, y haber subsistido al embate bestial de todas esas maniáticas hormonas del bachillerato, también es una cuenta a favor de Herr Stolz.

Manfred me regaló mi primera navaja de bolsillo; una vieja Wusthov de doble hoja. Recuerdo que el acero brillante me cautivó desde que la vi reposando en su gran mano. Me contó de cómo le ayudó en los campos de Bregenz durante la Primera Guerra Mundial. Yo la he atesorado desde entonces. Él era así, por naturaleza generoso con su tiempo y sus pertenencias. Sentado frente a él, en la cocina de su casa, siempre era más fácil encontrar una nueva perspectiva, una visión distinta ante cada situación.

Muchas veces he tratado de discernir qué es lo que forma el carácter de una persona como Manfred. Nunca he encontrado una respuesta. Quizá simplemente viene marcada, como bien le explica Demian a Sinclair, o quizá Rand está en lo correcto y es un asunto de profunda convicción.

El viejo, sin lugar a duda, tuvo una niñez dura; una vida con una cuota generosa de dificultades y, sin embargo, lejos de llevar una existencia de penurias, decidió diseñar el mejor escenario posible para él, de acuerdo con sus muy particulares principios y, luego, por así decirlo, puso en práctica lo que había diseñado. Creó su propio universo, a su gusto, moldeado por sus convicciones, que prevalecieron siempre con galante valor.

Al final de un invierno particularmente frío, tomamos unos días con Manfred para subir a las montañas de Dachstein. Todo el asunto parecía sacado de un anuncio publicitario: luego de cuatro horas de caminata, al final de un sendero largo y empinado, encontramos una pequeña cabaña hecha de madera.  Inmediatamente tuve la sensación de estar en lugar muy viejo, un lugar que había estado ahí por mucho tiempo, un lugar construido en otra época, cuando Austria no existía y todo aquello era parte de un reino bastante más extenso que el país actual.

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