Sábado 20 DE Abril DE 2019
Opinión

¿…Y dónde estuvo la compasión?

Por qué se afirma que alumnos y profesores lo buscaron hasta que lo encontraron.

— Silvia Tejeda

¿Cuál fue la causa para que los trabajadores de conserjería en el área de la piscina del colegio Liceo Javier se negaran a colaborar con el padre de Edward Alexander Aldana Fuentes, cuando les suplicó llorando que encendieran la luz de la piscina y que dejaran ir un poco de agua para que bajara el nivel? El progenitor del joven, lo que necesitaba era ver mejor para convencerse de lo que se veía en el fondo era el cadáver de su hijo. Fue una reacción inhumana, fría y radical, que no coincide con el comportamiento que cualquier persona, al servicio de un centro educativo, debió haber tenido, al presenciar los esfuerzos de un angustiado padre, que con la lamparita de su celular, les pidiera, a gritos, ese favor. Según el padre lo refirió, no fue hasta que, horas más tarde, llegaron las autoridades del Ministerio Público que los trabajadores cambiaron de actitud, y que se apareció gente del personal del colegio, encendieron las luces y dejaron ir el agua en una alberca de tres metros y medio de profundidad, para que el cuerpo del muchacho fuera sacado e identificado.

Cuando el lector lee los boletines publicados por el Liceo, que restan detalles para dar una explicación de lo que el establecimiento cree que fueron las causas reales de esa muerte, se da cuenta que, quedan todavía algunos cabos sueltos que contrastan entre lo que afirman, sin decir nada concreto, sobre el caso, con las declaraciones que el señor Carlos Ernesto Aldana dio a los medios de comunicación visiblemente afectado y llorando por su hijo y por los momentos de desolación que le había tocado vivir dentro de las instalaciones del Liceo.

Por qué se afirma que alumnos y profesores lo buscaron hasta que lo encontraron. ¿Y cómo es que cuando el padre llegó al colegio todo el ambiente estaba a oscuras y desolado, sin que alguna autoridad se hiciera presente para acompañarlo, o lo hubiera llamado para contarle del lamentable accidente? Entre la hora que los buses salieron y las siete de la noche que el padre tomó la decisión de dirigirse al colegio transcurrieron dos horas, dos horas en las que ninguna autoridad del colegio lo llamó.

Lo que me motiva para escribir este artículo fue el hecho que escuché en Canal Antigua, en tres ediciones seguidas de su noticiero, las declaraciones de un padre acongojado explicando, sin exageraciones, su humillante experiencia cuando lo buscó por todas las instalaciones del centro educativo, en la oscuridad, después de las siete de la noche, porque la monitora del bus le había comunicado que su hijo no se había subido. Tuve un feo presentimiento –dijo– y desde Villa Nueva se dirigió al Liceo. Le suplicó a los de seguridad que lo dejaran entrar y ellos, después de tanto ruego, accedieron.

Las autoridades de ese centro deberían asumir su responsabilidad moral como educadores y como representantes de la comunidad Javeriana explicando su versión de lo sucedido, sea la que fuere, puesto que es un centro educativo que funciona gracias a reglas, reglamentos y jerarquías de mando, que guardan y respetan autoridades, maestros, alumnos y empleados, de cualquier categoría, para controlar su buen funcionamiento, desde hace muchos años. Y, además, porque hay otros cientos de padres de familia que merecen una explicación para seguir confiando la educación y formación de sus hijos dentro de ese establecimiento.

Por ello, me parece un gesto tardío y muy hipócrita que ahora salgan afirmando que “manifiestan su cercanía y apoyo humano-espiritual” a la familia de Edward Alexander prometiendo que prestarán su colaboración para las investigaciones, como si se tratara de un accidente que sucedió en cualquier piscina pública, fuera de un establecimiento donde la disciplina y los controles se respiran por todas partes.

Lo que queda claro es que, en todo el tiempo que pasó hasta que el propio padre descubrió a su hijo en el fondo de la piscina, no tuvo un solo gesto, una sola frase de solidaridad, ni de consuelo, de parte de las autoridades del colegio, que lo reconfortaran. ¿O es que ni ellos mismos se enteraron? Esa tarde, la compasión, la misericordia y la piedad se habían escapado del Liceo, quién sabe a dónde. Lo que me queda es apelar a la memoria de don Íñigo López de Recalde, para que lo suyo, en esta tierra, se acerque más a la condición humana del dolor y el desamparo.

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