Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La enfermedad de la intolerancia

— EDITORIAL
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La intolerancia se traduce en la negación o restricción de la libertad de expresión de ideas, que es un derecho humano fundamental.

En todo caso, el respeto a la libertad de pensamiento y expresión es esencial para que las personas puedan externar o manifestar sus pensamientos, ideas, ideales, sueños, enfoques, opiniones, puntos de vista, válidos o legítimos para unos, o equivocados para otros, así como para que la ciudadanía se mantenga informada, para que el debate pacífico sustituya a la supresión del otro y la violencia, para que un gobierno conozca cómo piensa la oposición política y la disidencia. En fin, la regencia de la paz y la armonía en la diferencia. “No comparto lo que dices, pero daría mi vida para que lo digas”, expresa Voltaire, el apóstol de la tolerancia.

Al respecto Jorge Eduardo Fascetto expresa que “no hay personas ni sociedades libres sin libertad de expresión de ideas, y el ejercicio de esta no es una concesión de las autoridades, sino un derecho inalienable de los pueblos”.

Sin tolerancia la confrontación de ideas no es posible y sin esta esencial contradicción no hay inteligencia crítica. Sin inteligencia crítica la lógica de lo razonable, o sea la razonabilidad, cede ante el dogma, la demagogia, el fanatismo, el antidiálogo y la imposición.

En ese sentido, Gregorio Badeni afirma que “si a las personas se les niega el acceso a la información, se les veda expresar sus pensamientos, se les priva de su derecho a emitir y conocer opiniones, la manifestación de sus ideas no será libre. Sin libertad de expresión no puede haber convivencia democrática ni como forma de gobierno ni como estilo de vida”.

En Guatemala, y en América Latina en general, la intolerancia y la resistencia y criminalización de la libertad de expresión de ideas siguen siendo una realidad ostensible y lamentable.

Los comunicadores y periodistas son objeto todos los días de atentados, agresiones, censuras, encarcelamientos, destierros y, por supuesto, de la barbarie de cobardes e intolerantes que no soportan que se diga la verdad, que se les contradiga o, por aún, que se les denuncie y evidencie.

Asimismo, los periodistas y comunicadores tienen que enfrentar a gobiernos o autoridades intolerantes que no soportan la crítica, la disidencia, el planteamiento diferente ni el periodismo de investigación, que les saca sus trapos al sol.

Hace 500 años, Erasmo de Rotterdam escribió: “Criticar la vida de los hombres ¿es sarcasmo o más bien advertencia o consejo? ¿no ejerzo yo la autocrítica sobre mis muchas faltas? por lo demás cuando no se excluye a ningún hombre es claro que se censuran todos los vicios, no los de un individuo. Quien se ofende por haber sido herido está poniendo de manifiesto su conciencia culpable o al menos sus temores”.

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