Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Dos dinámicas y lógicas distintas

El peligro no era el comunismo, “qué trágica utopía”, sino la tiranía que se quiso establecer “para alcanzarlo…”.

 

— Acisclo Valladares Molina
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Antes que nada, me permito expresar el más enérgico y categórico de los rechazos a la maledicente afirmación que fuera plasmada por una distinguida columnista en cuanto a que habría habido una inteligencia –es decir, un ponerse de acuerdo– entre el Arzobispo de Guatemala, Monseñor Mariano Rossell y Arellano y la Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América, CIA, en torno a su posición con respecto al comunismo, afirmación que es absolutamente falsa.

El Episcopado guatemalteco actuó por su cuenta y la CIA no hizo sino aprovecharlo para sus propios fines: fines que pudieron ser los mismos, en lo que respecta al comunismo. Si los tuvo, es la CIA la que tendría que explicar sus otros intereses, Foster Dulles, Allen Dulles o “chuladas” semejantes.

Su Santidad el Papa Juan Pablo Segundo, refiriéndose al comunismo, pudo resumir en tres palabras todo lo que este significó por casi un siglo: ¡Qué trágica utopía!

Trágica, en verdad, esa utopía porque en pos de alcanzar lo inalcanzable –toda utopía es imposible– y, como tal, inofensiva, se perpetraron –y justificaron– los más despiadados crímenes que pueda uno imaginarse.

Más de alguien quiere ridiculizar en la actualidad a los anticomunistas señalando que tendrían que haber sido unos imbéciles puesto que resulta imbécil, en verdad, oponerse a lo que jamás podía conseguirse: El comunismo, inalcanzable tal y como lo es toda utopía y como tal, reitero, inofensivo y si tal hubiera sido la razón de ser del anticomunismo y de su lucha –oponerse a la utopía– habría sido en efecto imbécil realizarla.

¿Para qué combatir el comunismo si, en todo caso, no podía conseguirse?

Lo que se oculta es que los comunistas, comunistoides –o como quiera llamárseles– buscaban tomar el poder –por la fuerza– para implantar una tiranía que según ellos, ya instaurada, habría de llevarles –¡vaya si serían imbéciles!– a la consecución de la utopía, desaparecido el Estado, para entonces.

Para implantar la tiranía –tiranía castrense, obviamente (la sustitución de un ejército por otro)– lo justificaban todo, el asesinato, los secuestros, las masacres y, lograda ya la tiranía, la sistemática prosecución de todos estos crímenes: Todo válido –absolutamente todo– para alcanzar el sueño irrealizable.

¿Aprovechó la Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América (CIA) –para sus propios fines– la justa posición y las ponderadas acciones del Arzobispo Mariano Rossell y Arellano?

 Esto es algo absolutamente distinto de lo planteado por la distinguida columnista –la “inteligencia” señalada– y que es la que refuto.

Que esta agencia estadounidense –la CIA– haya aprovechado la posición y las acciones de nuestro episcopado sería otro cantar y no implica ninguna concertación entre ambos, jamás acaecida.

La Iglesia católica previno sobre los peligros del comunismo –es decir– de la pretendida tiranía para alcanzar lo inalcanzable.

También la Iglesia católica ha prevenido sobre los totalitarismos de todo tipo, incluso, los que llegan a ser propios de la degeneración capitalista, divorciado el capitalismo de lo único que importa, el ser humano.

A los comunistas y comunistoides les duele que Guatemala no haya caído en la aventura de instaurar una tiranía “comunista”, la que se dispusieron implantar a sangre y fuego para que –después– pudiera alcanzarse la utopía. ¡Si habrán sido majaderos!

¿Hubo el peligro de una tiranía comunista en Guatemala? Permítaseme, por un momento ironizar un poco: No ¡Claro que no la hubo! como –tampoco– en Cuba…

Lo que aquí se pretendía –sigue la ironía– era “desarrollar el capitalismo”, lo mismo que allá: la tiranía comunista, la intentada aquí y la alcanzada allá: Una mera ilusión óptica…

¿Un régimen comunista en Cuba? ¡Por favor!

¿En la Unión Soviética? ¡Jamás!

Simples cantos de sirena para que se llegara después –no importa la tragedia que se dejara atrás– a lo que, por lo visto, siempre se aspiró: capitalismo. ¿Acaso, inevitable?

Para el acervo histórico cultural de la colega columnista bueno es que sepa que el Nuncio Apostólico de Su Santidad, Monseñor Gennaro Verolino, –decano que era del Cuerpo Diplomático acreditado en Guatemala en el año de 1954– se abstuvo de intervención alguna en nuestros asuntos internos, a tal extremo que hubo de sufrir duras e inmerecidas críticas por parte de los sectores más conservadores que hubieran querido que lo hiciera.

Quien lo hizo –y con todo el derecho del caso– fue el Arzobispo de Guatemala, Monseñor Mariano Rossell y Arellano –ciudadano guatemalteco– chapín por los cuatros costados.

El error de confundir las acciones de los Monseñores Rossell y Verolino puede originarse en la pintura de Diego Rivera, tan equivocado en esto como en el resto de su “Gloriosa Victoria” al necesario servicio “del partido”. Grande en la plástica pero como todo comunista –salvo excepciones– víctima y preso de sus dogmas.

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