Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La fiesta de San José

A Giancarlo, un modelo de trabajador trascendente..

— Roberto Blum
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La Iglesia católica celebra hoy, 19 de marzo, la fiesta de San José, el padre putativo de Jesús. Este personaje es, sin duda, muy interesante. En los evangelios, José aparece como un hombre mayor, artesano de profesión, que desposa a María a pesar de estar embarazada. Como buen esposo, cuida a su mujer y al niño Jesús, perseguido por Herodes, la autoridad política entonces, por lo que deben refugiarse en Egipto.

Por lo que sabemos, José trabajó toda su vida para sostener a su numerosa familia, pero la necesidad de trabajar no es solo resultado de la antigua maldición divina, sino parece representar algo más: una condición y una vocación del verdadero desarrollo de él mismo como persona. Al menos así lo ha entendido la Iglesia, que lo ha puesto de modelo para todos los hombres actuales. José es el obrero cuyo trabajo no es solo económico, sino sobre todo trascendente.

En 1981, el papa Juan Pablo II publicó la carta encíclica Laborem Exercens –acerca del trabajo humano– en la que desarrolla las ideas fundamentales de la doctrina social católica. Juan Pablo inicia su carta diciendo: “Con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos…; el trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas…; el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas”.

Como toda doctrina, la opinión de la Iglesia en materia social evoluciona gradualmente, sin plantear rompimientos violentos, pero adaptándose a las nuevas circunstancias de la realidad. Si en 1891 la encíclica de León XIII Rerum Novarum se planteaba ya la cuestión obrera como resultado del desarrollo capitalista a partir de la Revolución Industrial, noventa años después Juan Pablo no solo reafirma las opiniones de sus antecesores en la cátedra petrina, sino que nos permite encuadrarlas ante las situaciones concretas de las crisis que actualmente se viven.

El desempleo y el subempleo de millones de personas en el mundo actual no solo implica negarles la posibilidad de llevar el sustento material a sus hogares, sino que, de acuerdo con la Iglesia, implica también negarles la participación en una dimensión tan fundamental como la de ser partícipes en la obra creadora de Dios y en la obra redentora de Cristo. Por eso nos dice Juan Pablo es deber de la Iglesia recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres al trabajo y denunciar siempre las violaciones de esos derechos inmanentes, con los que el Creador ha dotado a todos los hombres.

Así, “la verdad cristiana sobre el trabajo debía contraponerse a las diversas corrientes del pensamiento materialista y economicista… que entendía y trataba al trabajo como una especie de mercancía, que el trabajador –especialmente el obrero de la industria– vendía al empresario”. Esta concepción economicista ha provocado un profundo conflicto en las sociedades actuales. Un conflicto que parece ser más que de carácter técnico de carácter ético, porque se ha invertido el orden de los valores al subordinar el trabajo del hombre al capital, que no es sino el conjunto de objetos materiales destinados a producir los bienes que consumimos.

San José, el artesano, ha sido propuesto por la Iglesia como el modelo del trabajador, del obrero, que colabora personalmente no solo en crear un mundo mejor con su esfuerzo productivo; en su íntima relación con María y Jesús, San José colabora cotidianamente en la redención del mundo. Tal es el modelo católico del trabajador. Un modelo que trasciende lo puramente económico.

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