Jueves 19 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Hablando de injerencias externas

Cuando el interés nacional no existe.

 

Fecha de publicación: 14-03-16
Por: Édgar Gutiérrez

En las relaciones internacionales del siglo XXI si un país no es capaz de identificar su interés nacional, otros se lo impondrán. El interés nacional refleja la construcción de la hegemonía que ejercen las elites, y se traduce en una forma de convivencia y de reparto del poder (costos y beneficios) que es aceptada y hasta defendida por casi toda la sociedad porque vislumbra un horizonte de realización, una conquista o una utopía.

En Guatemala las elites tradicionales perdieron la hegemonía una década después del fin de la guerra fría, pero no tienen competencia. Las elites emergentes les rivalizan en la disputa del control de recursos económicos y en el dominio de los campos políticos, pero bajo el mismo patrón de dominio rapaz. No ofrecen alternativa cultural en los modelos de negocios, ni en la edificación de los proyectos políticos, ni al contemplar el estímulo de poderes plurales en el territorio y en la diversidad de identidades en la sociedad.

Bajo esas circunstancias, unas ciertas elites modernas harían viable y sostenible en la globalización una hegemonía del bien común, como lo pregona la Constitución de 1985. La hegemonía del bien común es aquella en la cual el sistema socioeconómico y político, sus normas, acciones e instituciones incluyen con igual dignidad a los diferentes y a los desiguales, como en una auténtica república. Esta es una manera de formular el interés nacional, cuya promoción y defensa se traduciría entonces en el código de las relaciones internacionales del Estado.

Pero ese interés nacional legítimo no existe, y la forma de dominación interna de las elites tradicionales y emergentes ya resulta notoriamente incompatible con las buenas reglas de la globalización. Ante la incapacidad de elites tradicionales y emergentes de ajustarse a los nuevos tiempos, y por las consecuencias internacionales de la reventazón de gran parte de la sociedad (migraciones, maras, inseguridad, pobreza, crimen organizado y otras), agentes externos van ajustando los desbordes de unas formas de dominación (corrupción, defraudación, impunidad) que ya resultan intolerables porque se convierten en fuentes de inseguridad de sus vecinos.

Sin obviar las asimetrías entre las naciones ni que las soberanías resultan más compartidas para unos que para otros, y considerando que aspirar a ser parte del concierto de las naciones civilizadas implica asumir responsabilidades internacionales (derechos humanos, lucha contra la corrupción y el crimen), no parece razonable desgañitarse ahora con reivindicaciones nacionalistas, si lo que ese nacionalismo encubre es un orden injusto, criminal y corrupto. Que los diplomáticos están descuidando las formas, es cierto, pero también parece consecuencia de que no tienen interlocutores entre las elites y ni entre los gobernantes. Toman el micrófono y se dirigen a la gran audiencia para que se les entienda. Quizás así la sociedad se vea compelida a identificar el interés nacional legítimo que las elites perdieron o nunca tuvieron.