Sábado 19 DE Octubre DE 2019
Opinión

Fideicomisos, anarquía y despilfarro

Como buenas llamaradas de tuza.

Fecha de publicación: 01-03-16
Por: Acisclo Valladares Molina

Así, de pronto, cesaron todas las críticas que se hacían sobre el uso que se hace de los fideicomisos para el manejo de los fondos públicos, fórmula fraudulenta que ha venido a prostituir la fiscalización que debe realizarse tanto de los ingresos como de los gastos del Estado, vicio que han venido a apañar ¡Increíble pero cierto! las propias agencias internacionales, motivadas, al parecer ¡Qué bonito! por las comisiones que perciben.

 En tanto que en los distintos foros internacionales existe una supuesta preocupación por la “governancy”, la burocracia internacional –al menos entre nosotros– se ha venido a hacer la mismísima compinche de los fraudes de ley –que eso,– y no otra cosa– es el uso de fideicomisos para evitar que se fiscalicen las contrataciones y obras del Estado.

 Se ha pretendido justificar su existencia como una forma expedita de facilitar la obra pública, difícilmente ejecutable –así se dice– si sujeta a los rigores de las leyes.

 Pasados los recursos a un fideicomiso, dejan de ser fondos del Estado y lo son, a partir de entonces, en propiedad del fiduciario o –no literal– de la entidad internacional que los recibe, entidad que los devuelve ¡menos mal! como “obra ejecutada”.

 Todo lo intermedio, sin embargo ¡Esta es la clave! queda sin fiscalización alguna y, así, sin objeciones, la alimentación de cortesanos y los contratos de complacencia –“No hay obra sin sobra”– el pago de propaganda y otros gustos, así como un sinfín de etcéteras que rebasan los límites de la imaginación más refinada.

 Para que el lector pueda aquilatar el dolo habido, me permito recordarle que cuando se iniciaron estas “travesuras” existía una aplanadora en el Congreso de la República del partido que era el partido oficial, en ese entonces, y que –en consecuencia– si se hubieran querido simplificar los procesos de contratación y ejecución– se podrían haber simplificado.

 ¿No se hubiera podido proceder, acaso –si malas eran– si, en efecto, complicaban innecesariamente la contratación por parte del Estado, municipios incluidos –al cambio de las normas?

 Lo que interesaba, sin embargo ¡Entendámoslo! no era simplificación alguna –jamás intentada– sino propiciar el conveniente hueco para el fraude y que, así, a través de fideicomisos, se pudiera hacer micos, y pericos, con los fondos del Estado.

 Como buenas llamaradas de tuza se había arremetido en contra de los fideicomisos municipales pero ¡Sorpresa de sorpresas! dejó de existir, clamor alguno.

 El tema de los fideicomisos que ha establecido la municipalidad capitalina ¡Summa Cum Laude en la materia!, debe regresar a la primera línea de la denuncia y del debate.

 Todos y cada uno de los ingresos públicos y gastos –todos, absolutamente todos– deben de ser fiscalizados y no cabe que –a través de un fraude de ley– el manejo de fondos públicos a través de fideicomisos –su fiscalización se haga imposible.

 ¿Le parece a usted bien la tajadita de un siete por ciento para que las agencias internacionales –sin fiscalización del Estado– administren lo que es nuestro?

 ¿Le parece a usted bien que semejante “administración” se realice sin sujeción alguna a nuestras leyes?

 ¿Acaso se licita, la administración a realizarse? ¡Yuju! ¿Dónde se encuentran las licitaciones al respecto? ¿Se adjudican, a dedo? ¡Qué rico!

 Ha llegado el momento de que los fanáticos de la administración municipal capitalina se pregunten si la obra realizada guarda relación alguna con los recursos que ha tenido.

Y, si no es así ¿Dónde, entonces, la eficiencia?

 Ha llegado el momento de que nos preguntemos del por qué de los fideicomisos existentes y de la cuantía exacta de los recursos que la actual administración ha manejado.

¡Se hace preciso comparar la disponibilidad, con resultados!

 Lo hecho en este cuarto de siglo –aunque mal hecho y tardío– no es lo que critico, sino, por el contrario ¡Óigase bien! lo que no se ha hecho ¡Este es el crimen! mal utilizados, despilfarrados, o “desviados” los recursos, al final de cuentas, el mismo resultado.

 ¿Qué hicieron de los fideicomisos –noble institución, como pueden serlo– para que se convirtieran en el oscuro pantano en que quedaron convertidos?

 ¿Cuál es el miedo de que una nueva administración venga a asumir, la municipalidad capitalina? ¿Pereza mental? ¿Algún gusto especial –entre otra de sus múltiples carencias– por la grave inseguridad en que vivimos –un tema municipal, la seguridad, por esta, nunca comprendido?