Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Nuevas tentativas de asesinato moral…

— Jose Rubén Zamora
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La conferencia de la UNESCO en París, cuyo tema fue los desafíos que enfrentan los periodistas en países riesgosos y el diseño de estrategias para lidiar con las amenazas de este oficio peligroso, poco reconocido, mal pagado, visto con desdén e incluso desprecio social, llegó a su fin. Tuve el privilegio de abrir la conferencia y presentar tres casos paradigmáticos que sufrimos en elPeriódico en los gobierno de Portillo, Torres/Colom y Pérez Molina.

Aproveché los días en la Ciudad Luz para caminar sus deslumbrantes y majestuosos bulevares, avenidas, calles y callejones y observar impactado la arquitectura monumental de sus edificaciones únicas. Volví a visitar con lentitud el Louvre y el Museo Orsay, Notre Dame y Versalles, y restaurantes de cocinas sobrias, pero suculentas y sofisticadas. Quedé admirado, perplejo, extasiado, abrumado y, al terminar cada jornada, exhausto.

Caminar por París profundizó mi humildad y a la vez que recuperó mi fe en el hombre y sus grandes capacidades y enorme talento para llevar a cabo realizaciones concretas sorprendentes.

Aproveché la invitación de la UNESCO para escapar tres días a Andalucía, a visitar a mi hermana y a mi admirado y querido sobrino, a quienes no veía hacía más de cinco años. Pasamos días memorables entre conmovidos y en las fronteras mismas de la felicidad: conversamos animadamente las 24 horas de cada día fugaz, que, sin embargo, sentimos por momentos eternos. La serenidad y quietud, la amabilidad de la gente y la asombrosa comida del lugar rejuvenecen la mente, el cuerpo y el alma.

De vuelta en París pude ver a mi sobrina y a su pareja y a su bella bebita –mi sobrina nieta de nombre Mia– quienes en medio de un contexto de intenso trabajo y amenazas potenciales del terrorismo, viven en un entorno de paz y tranquilidad.

El sábado por la noche aterricé en Miami con un descontrol de tiempo que me ha tenido aturdido; sin embargo, desde el domingo, en las postrimerías de la tarde, me puse tenis y una pantaloneta y en medio de un frío tolerable y un chipi chipi refrescante, salí a correr siete kilómetros, según yo, a un ritmo moderado. No obstante, luego de recorrer tres kilómetros entre esteros, mangle, arena y mar, apareció un desafiante joven veloz y le hice ganas: no deje que me rebasara. Ahora estoy pagando las consecuencias de mi osadía.

Mientras tanto, desde la distancia, con frialdad y objetividad, he podido observar la mezquindad, la polarización, la propensión de los guatemaltecos a la descalificación y a propagar infamias y “bolas”. La bajeza que prevalece en el país no tiene competencia. Estamos sumergidos en una atmósfera irrespirable al extremo que uno se siente como John F. Kennedy en las calles de Dallas, en su descapotable, rodeado de edificios, con cualquier cantidad de francotiradores soltando sus disparos a discreción, con rifles sofisticados, con los que no se puede fallar.

Se pierde el interés en regresar a luchar, además de pensar que el trabajo realizado, los sacrificios, las amenazas y riesgos de tantos años carecen de sentido.

En Europa, recientemente a causa del terrorismo; en países de corte dictatorial o abiertamente totalitarios, o donde el narcotráfico está en guerra sin cuartel en contra del Estado y la propia sociedad, los periodistas son blanco de ataques criminales. Colocan bombas en las salas de prensa, los decapitan frente a un mundo enmudecido, los secuestran o torturan, los encarcelan o persiguen hasta el destierro o simplemente los ejecutan en las calles, como ha ocurrido en Guatemala durante varios años.

Pero en esta Guatemala hay también otras formas de intentar matar y acallar a la prensa crítica e independiente, y es queriendo pulverizar el único capital que esta posee: su nombre y reputación. Es la masacre civil del periodista desde distintos flancos: el poder político corrupto, el poder económico corruptor y las mafias naturales enquistadas en ambos poderes que se amalgaman para proteger su impunidad.

En la década de los noventa fui señalado por Serrano de ser líder de la guerrilla; incluso aseguraba que entre los días 1 al 5 de cada mes, me reunía con la dirigencia insurgente en Tapachula para planificar la desestabilización del mes de Guatemala. Por cierto, todavía no conozco Tapachula. También Serrano nos acusó, a mí y a connotados directores de medios de prensa independiente, de ser portavoces del narcotráfico y apologistas de la derecha fascista.

De manera infame Arzú me siguió acusando de ser portavoz de los carteles del narcotráfico. Portillo, con la complicidad del monopolio de televisión abierta de Ángel González, en programas anónimos y en horarios de alto rating, me acusaron con total impunidad, de conspirador, borracho, drogadicto, narco, lavador de dinero y muchas cosas más. Hasta que finalmente, con la complicidad de Portillo, la elite de contra inteligencia militar del conocido Archivo del Estado Mayor Presidencial, que en esos días dirigían Ortega, Salán y Napoleón Rojas, conspiraron con los truhanes de la época, el contralor general Abadío, el fiscal general Carlos de León y Enrique Ríos, ministro de la Defensa e hijo del general Chusema, y asaltó mi casa y nos secuestró durante dos horas interminables a mi esposa e hijos, jugando a que nos ejecutaban.

En tiempos de Colom, su jefe de seguridad Charlie Quintanilla con el consentimiento de Sandra Torres, me secuestraron y drogaron, abandonándome en un terreno baldío de Chimaltenango, de donde una señora del lugar y los bomberos me libraron de una muerte segura. Pérez y Baldetti, sobre todo Baldetti, me acusaron de chantajista y, otra vez, de drogadicto, incluso, en privado y públicamente, frente a los representantes de la comunidad internacional, de visitantes extranjeros muy importantes, y por medio de las radios de Ángel González y en redes sociales, lanzaron campañas en mi contra, suficientemente poderosas como para triturar la reputación de cualquier mortal, sin el menor escrúpulo. No obstante, en sus últimos días de presidente, Otto Pérez me pidió disculpas y las acepté con humildad y sin resentimientos.

En estos primeros días de Jimmy Morales –cuyo gobierno todos esperamos encuentre la senda del éxito y en el cual hay expectativas de una gestión honesta, proba, decente y transparente– los ataques arteros, las calumnias y las infamias en mi contra se han extendido y multiplicado.

Expresan que cobro millones por evitar publicaciones, que realizo chantajes a los gobiernos o los boto (ya quisiera tener ese poder), que exijo millonadas a funcionarios y que las he recibido, hasta agreden injustificadamente a mis hijos que desde hace muchos años radican en el extranjero. Y la machacona estupidez de que este diario es de Manuel Baldizón –siempre he puesto a disposición de quien quiera nuestros libros abiertos de accionistas y he pedido que me muestren una sola palabra, línea, frase u oración de apoyo a Manuel Baldizón o a cualquier otro candidato a la Presidencia, que haya salido en cualquier edición del diario–, llegando al colmo de juzgar, cual reclutas de Hitler, el origen de mi propio ADN. Usurpando el nombre del alcalde Arzú, en un escrito difundido en las redes sociales me han señalado de todas las infamias posibles. Por cierto, el Alcalde ha negado pública y privadamente la autoría de ese tamagás envenenado. Es una masacre civil sin precedentes, cuyo único fin es abatirme y descalificar a elPeriódico como referente de opinión pública y fuente fiable de información, con el fin de quitarnos del camino y que quienes abusan y cometen excesos con el poder, puedan levantarse todos los días sin la incomodidad de la denuncia de sus crímenes, fechorías y corruptelas.

Quienes realizan este esfuerzo extraordinario son una amalgama siniestra, una alianza sorprendente de intereses medievales: los call centers de Jimmy Morales –a quien paradójicamente he considerado ingenuo de los buenos y un buen ser humano, pero parece que me equivoqué–; los call centers de Chatarras Itemm, conocido por ser negociante de polvo blanco que no es harina, por despojar tierras estratégicas a sus dueños, a quienes suele asesinar sin miramientos, por defraudar a la SAT mediante exportaciones ficticias y por asesinar a quienes se atraviesan en su camino sin arrugarse; y oficiales retirados fascistas, radicales y extremistas de Avemilgua y simpatizantes de la Fundación contra el Terrorismo, que ven comunistas hasta en la sopa y civiles que se derriten y experimentan incesantes explosiones eróticas cuando ven a un uniformado, aunque sean delincuentes y no buenos soldados.

Jamás he buscado la popularidad y las campañas negras de esta entente de desquiciados lejos de molestarme, son para mí una condecoración. Pero no dejo de preguntarme si es que no habrá llegado el momento de dejar de arar en el mar de la marginalidad y la soledad, sin resultados de alto impacto. Es momento, creo, de reflexionar.

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