Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Eso

Si te ocultan algo, te quieren manipular.

— Anamaría Cofiño K.
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La sexualidad es un rasgo común a toda la humanidad, es un eje estructurador de la vida, que encarna en nuestros cuerpos y se define culturalmente. Asociar sexualidad con sexo genitalidad, es decir con las funciones de los órganos sexuales es una visión simplista y hasta un poco burda, porque la sexualidad abarca al cuerpo en su conjunto, no solo en sus partes; e involucra a la mente, los sentimientos, los sueños, los deseos, la voluntad. Limitar la sexualidad a una de sus dimensiones nos impide entenderla y vivirla como la chispa que nos impulsa a vivir.

Levantarnos cada mañana y ponernos en movimiento, interactuar con otras personas, son actividades que se relacionan con la sexualidad como ámbito del placer, del ser y el trascender. Habitamos el mundo con nuestro cuerpo y nuestra piel, con nuestras sensaciones y gustos, con atracciones y rechazos. La sexualidad y el trabajo, en el sentido de energía que ponemos en marcha, en el modo en que hacemos las cosas, se conectan en nuestros cuerpos todos.

Las mujeres viven en carne propia, aunque no todas con conciencia, la relación entre sexualidad y economía. Ser consideradas inferiores, tener aparato reproductivo y estar modeladas para la sumisión las coloca en situación de vulnerabilidad. El sistema entonces, se apodera de su sexualidad, les impone mandatos y prohibiciones para controlar esa fuerza que hace a las personas buscar la felicidad.

Las feministas han estudiado la sexualidad para explicarnos por qué esta puede llegar a ser algo doloroso y violento, tal como lo siente un alto porcentaje de mujeres en este país. A pesar de la falta de información y la censura, sabemos que la sexualidad es una potencia que tenemos derecho a ejercer en libertad.

Asumir que somos dueñas de nuestros cuerpos y nuestras vidas se ha convertido en una batalla contra un sistema patriarcal basado y sostenido sobre la explotación de las mujeres. Los servicios que han tenido que prestarle a los hombres durante siglos son el soporte de este orden de dominación. Decidir cómo nos vestimos, cómo andamos, con quién estamos o qué hacemos es visto como rebeldía o transgresión, cuando en realidad son simples y llanos derechos que toda persona tiene para gozar sin intervención ajena.

Querer seguir siendo esclavizadas, cargar con el peso de las opresiones, sufrir y aguantar son expresiones de sumisión insana. Aferrarse a la ignorancia, negarse el placer de gozar nuestra sexualidad, las amistades, el conocimiento, son maneras crueles de castigarse y bloquearse. Desterrar de nuestras vidas la sexualidad como si fuera algo sucio y pecaminoso es impedirnos el crecimiento.

La educación sexual integral es urgente para desechar la supina ignorancia que ha hecho presa a la población de una cultura que promueve la obediencia ciega como actitud correcta y sataniza la independencia como subversión. El deseo, esa fuerza que nos anima, moviliza a la gente. Por eso le temen los poderosos.

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