Sábado 20 DE Abril DE 2019
Opinión

¿Sabe usted quién es su diputado?

Los ciudadanos deben saber quiénes los representen.

 

— MARIO FUENTES DESTARAC

En teoría, los diputados al Congreso son los legítimos representantes del pueblo, en el contexto de una democracia representativa; y, en su conjunto, son la máxima representación nacional. Los diputados son elegidos para cumplir la triple misión de velar por el bienestar general, defender los intereses del electorado que los eligió y apoyar a las fuerzas políticas que los postularon como candidatos, en ese orden de prioridades.

Inequívocamente, una representación legítima es garantía de estabilidad política, en tanto que una representación ilegítima, aunque legal, es el principal germen de ingobernabilidad e insatisfacción. Luego, para el surgimiento y consolidación de una genuina democracia representativa debe asegurarse que los diputados sean auténticos representantes de los ciudadanos y, por ende, verdaderos intermediarios entre la ciudadanía y el ejercicio del poder público.

En mi opinión, la ciudadanía no considera legítima a la representación que brinda nuestro actual sistema político electoral, al grado que la mayoría de la gente simplemente no se siente representada por los diputados. Tanto es así que la percepción que se tiene es que la postulación de los candidatos a diputado es el resultado exclusivo de componendas plutocráticas e instrumentales, sin importar si los postulados tienen las cualidades y méritos suficientes. Sin duda, esta ausencia de legitimidad es la causa principal de la aguda crisis de la democracia representativa en Guatemala.

De hecho, la población no sabe a ciencia cierta quiénes son los que la representan en el seno del Congreso, porque los diputados son elegidos por planilla en distritos electorales muy extensos o a nivel nacional (lista nacional), a través del denominado sistema de elección plurinominal. Por tanto, los partidos compiten entre sí, a través de planillas, y no los candidatos a título personal en distritos relativamente homogéneos y limitados en los que la población de cada uno sabe que elegirá a su diputado como resultado de una competencia directa y personal entre los candidatos. Bajo este sistema de elección (uninominal), el electorado sabe quien es su diputado, así como a quien reclamarle y pedirle cuentas.

La designación a dedo de candidatos, la reelección indefinida de diputados incapaces, no idóneos o deshonestos, el transfuguismo masivo, la compra de voluntades, la presencia del dinero sucio, la explosión del clientelismo político y la salvaje “política práctica” ilustran elocuentemente sobre el porqué de la deconstrucción de nuestra democracia representativa, así como sobre la degeneración del sistema de partidos.

De suerte que resulta impostergable fortalecer la democracia representativa en nuestro país, a través de una reforma política de fondo, que asegure: 1) La adopción del sistema de elección uninominal; 2) Que los diputados solo puedan ser reelectos para el periodo legislativo inmediato siguiente y después de este cuando hubiere transcurrido un periodo; 3) La renovación del 50 por ciento del Congreso a mitad del periodo presidencial; 4) La efectiva fiscalización del financiamiento político electoral; 5) La introducción de primarias en los partidos, o sea un proceso de competencia entre precandidatos a diputado; 6) La reducción del número de diputados de 158 a 80; 7) Los postulación de candidatos a diputado por comités cívicos electorales; 8) La supresión de la lista nacional de diputados; y 9) La incorporación del referendo revocatorio después de transcurrida la mitad del periodo de funciones.

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