Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Libertad de conciencia, libertad de expresión

¿Qué puede justificar la imposición represiva de las ideas?

— Carol Zardetto
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A pesar de lo que muchos creen, el comunismo no es una enfermedad contagiosa, una posesión demoníaca, o un pecado mortal. Se trata de una ideología, es decir una serie de ideas que articulan una explicación de la realidad. Una propuesta de solución al problema humano en búsqueda del bien común. Exactamente igual que el capitalismo. Ambas ideologías proponen eso: ideas.

A pesar de que el capitalismo se vende como profundamente democrático y respetuoso de las libertades civiles, a lo largo de su historia ha propiciado la persecución de las ideas y de su expresión. En aras de la “libertad” se han cometido crímenes, creación de listas negras, supresión de derechos básicos. En otras palabras, en defensa de la democracia, los regímenes “liberales” se han comportado como las peores dictaduras.

Ejemplo de estas aberraciones pueden ser casos tan disímiles como la cacería de brujas en contra de los cineastas hollywoodenses orquestada por el Comité de actividades antiamericanas que puso en la cárcel a quienes defendían la libertad de expresión, hasta la intervención de los Estados Unidos en procesos políticos para preservar “la democracia”. Un caso particularmente penoso fue el sucio negocio del que fue acusada la CIA que no dudó en permitir el ingreso de toneladas de cocaína a Estados Unidos con el fin de financiar su apoyo a los Contras en Nicaragua.

En Guatemala, los diversos juicios en contra de militares acusados de crímenes de lesa humanidad, han provocado una agria discusión entre ciudadanos que justifican y condonan estos crímenes basados en la oscura concepción de que todo aquel que fue asesinado (o abusado sexualmente) durante el conflicto era comunista. Y, según este argumento, ser comunista implica una condición donde se pierde todo derecho ciudadano. Una persona sospechosa de eso es materia disponible para ser torturada, violada, abusada de todas las maneras imaginables y aniquilada, sin responsabilidad alguna para el Estado.

La pregunta es, ¿qué faculta a un Estado para destruir a una persona en virtud de sus ideas? ¿Queda entonces prohibido pensar? ¿Y la expresión del pensamiento? ¿Puede prohibirse? La raíz del mal no está en ninguna ideología o en el hecho de pensar. Está en la incapacidad de abrir los espacios para el debate político, en cerrar la posibilidad de participación a intereses contrapuestos, condición ineludible en la construcción de una Nación incluyente. El problema fundamental es el miedo a los cambios, a la movilidad del poder. Del miedo nace la intolerancia y de allí no hay más que un paso al acto criminal. Justificar la imposición de las ideas mediante la represión y la muerte no puede ser defendida por ningún ser que se considere a sí mismo pensante.

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