Domingo 21 DE Abril DE 2019
Opinión

Militares guardianes de la vergüenza

La etapa demencial de la milicia.

— Helmer Velásquez

El Ejército de Guatemala, incapaz de tejer estrategias de contención, a los avances insurgentes, optó por la vía fácil: el crimen de civiles. Ya fueran simpatizantes de la insurgencia, potenciales adeptos o aquellos a quienes los militares suponían, correspondían a cualquiera de las categorías citadas. Lo cierto es que la fuerza militar se fue degradando, hasta llegar a la degeneración absoluta. En este proceso perverso, siempre estuvieron alentados por fuerzas políticas internas y externas, que les doraron la píldora, con el viejo truco de que salvaban a la Patria del comunismo ateo y “aceitándoles” con empleos públicos para su familia, franquicias de importación de vehículos, el control del contrabando, la apropiación de “botines de guerra” provenientes de recursos asegurados a las facciones insurgentes, o del patrimonio de personas secuestradas.

La academia militar Kaibil y escuelas de “países amigos” de la milicia, ayudaron a conformar aquella mentalidad del delirio. Se aplaudía el crimen, la violación “de guerrilleras” era una hombrada, encomiable. No había poder más omnímodo en este querido país que el de Generales, sicarios, secuestradores, y torturadores incorporados a la estructura militar “secreta”. Cuánto terror, oprobio y llanto, sin embargo: cuánta resistencia. Así, ahora que por fin y gracias al esfuerzo de víctimas y militantes de los Derechos Humanos. Algunos mandos y colaboradores ven el rostro de los jueces; sus familiares cercanos, acuden al recurso del patriotismo y heroicidad de sus milicos familiares. Esta actitud podría tener cierto nivel de justificación en los parientes jóvenes, aquellos que nacieron con posterioridad a las atrocidades cometidas por sus abuelos; quienes en los cuentos de medianoche les habrán contado lo épico de sus hazañas. Ahora bien, los lamentos y lágrimas de cocodrilo, de sus camaradas de armas –pocos por cierto–, no tienen más sustento que la complicidad criminal que los une.

Por cierto aquellos que exigen “fin de la persecución” a los militares violadores de los Derechos Humanos, nunca se les escuchó, pedir –en su momento– el fin de la tortura en contra de mujeres y niños. Nunca alzaron la voz para denunciar la violación sexual o la esclavitud de madres y abuelas al servicio de espurios comandantes de campo, aquellos que siempre operaron bajo la dirección y encubrimiento de los mandos. La Patria se avergüenza de aquella milicia, nadie les reconoce y así como el último de los dictadores, –un tal– Oscar Mejía Víctores, fue enterrado casi en secreto, así sepultará la historia, a los héroes de la vergüenza y el crimen.

Etiquetas: