Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Ni le quita, ni le pone

Nuestras autoridades transgredieron la Convención de Viena.

— Acisclo Valladares Molina
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La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas establece que las autoridades del Estado Receptor –en este caso, Guatemala– se abstengan de ingresar a los recintos diplomáticos del Estado acreditante –España, en este caso– a menos que el Jefe de Misión las autorice

Nuestras autoridades no solo ingresaron sin la autorización suya, sino que en contra de su expresa oposición, habiendo sido esta la razón por la cual la República de Guatemala no “pidió” sino que dio al Reino de España las necesarias excusas y llegó a un acuerdo que permitió el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas (la firma de la columna de Yago Pico de Coaña como “Embajador de España” –es bueno saberlo– no implica otra cosa que la simple mención de su rango diplomático, los comentarios vertidos, meramente personales).

El hecho de que la convención de Viena –además de ese categórico mandato– establezca que el Estado Receptor tenga la obligación de resguardar el recinto diplomático del Estado acreditante no le quita ni le pone a la violación acontecida y, antes bien, exhibe otra violación de nuestra parte: no haberla resguardado, incapaz de impedir que gente armada se hiciera del lugar: pistolas y bombas molotov incluidas.

¿Para qué, si no, la “inteligencia” del Estado?

La salvaguarda del recinto no constituye excusa ni pretexto para ingresar en él sin la autorización del Jefe de Misión y si se suponía que este no la autorizaba sino que, antes bien, se oponía a ello por estar sometido a la fuerza de los secuestradores, bien pudo el Jefe de Nuestra diplomacia hacer contacto con su homólogo en España para lograr su aprobación o bien la coordinación de los esfuerzos.

¿Se hizo?

Se ha dicho –debo reiterarlo– el artículo publicado me obliga a hacerlo –que el Embajador de España, Máximo Cajal y López, ya fallecido, se encontraba comprometido con los secuestradores; que estaba enterado de la toma que se haría y del secuestro a perpetrarse –no solo violación de la Convención de Viena, si cierto, sino delito– causa de la causa de todo lo ocurrido.

Sin embargo, aunque hubiere sido tal, tampoco constituía título para que nuestra autoridades irrespetaran la Convención (“Si tú transgredes, yo transgredo”: falso argumento) pero sí lo hubiera sido para que el Embajador fuera declarado non grato –lo que no se hizo e– incluso –para que Guatemala rompiera, si respaldado el delito, las citadas relaciones diplomáticas. .

El cuento chino de que los secuestradores –los campesinos bajo la dirección del comando universitario, ambos armados– aquellos con bombas molotov y este, con pistolas –el cuento chino, decía, de que hayan amenazado con autoinmolarse y con matar de inmediato a los secuestrados, es tan absurdo como calificar pacífica la toma de la Misión y pacífico el secuestro: los invasores-secuestradores armados como estaban.

Absurda la historieta puesto que, aunque siempre pueda haber “una primera vez”, no existe en nuestra cultura la “autoinmolación”, como tampoco precedente de que los secuestradores asesinen a sus víctimas sin ni siquiera pedir lo que persiguen y de negociar al respecto.

¿Qué derecho tenían los guerrilleros “de verdad” o “de mentiras” para hacer lo que hicieron? y, una pregunta más, si aquellos, el comando y los campesinos fueron las piezas ¿Quién fue el jugador que las movía?

¿Quién ordenó aquella toma y quién ordenó aquel secuestro?

Los delitos perpetrados por ambos bandos en la tragedia aquella, insurgencia y contrainsurgencia, se tratan de delitos cometidos con ocasión del conflicto armado y, en consecuencia, objeto de amnistía y, sin embargo, ha habido persecución y castigo para una de las partes –Arredondo– sentenciado ya a 70 años y –además– pachuco
–el ideal para que cargue con las penas.

Los autores del secuestro –causa de la causa– también autores intelectuales del lanzamiento y estallido de las bombas molotov, por el contrario, se encuentran tan campantes.

Lo políticamente correcto, hoy, es la condena de la contrainsurgencia, tal y como antes se la encubriera y –por el contrario– la beatificación de la insurgencia.

¿Dónde están quienes ordenaron la toma y el secuestro? ¿Dónde, quienes pusieron en riesgo a las personas secuestradas? ¿Dónde aquellos que “cranearon” la “pacífica” toma y el “pacífico” secuestro, pistolas al cinto y bombas molotov en los morrales?

Suficiente, nuestro dolor, para que se quiera, además, seguir hurgando en las heridas.

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