Sábado 19 DE Octubre DE 2019
Opinión

La enésima sobrevivencia

Y si la Santa Chabela no se lo ha llevado.

Fecha de publicación: 02-02-16
Por: José Barnoya

Sobrevivir en el caso de los jubilados es un acto especial y trascendente. Cada año el pensionado tiene que presentarse ante una ventanilla y demostrar no solo con su presencia –sino que con un acta notarial– que está vivo y coleando y que todavía alienta en este pícaro y convulso mundo.

Y es por ello que desde hace 14 años me presento puntualmente en los primeros días de mayo con otros carcamales y vejestorios con el acta notarial que, primero mi amigo Alfredo y luego su hijo Alejandro, firmaron y sellaron, testificando que sigo por el momento perteneciendo a este endemoniado mundo de los vivos.

Pienso entonces que llegar a viejo no es delito; llegar a viejo mentiroso o a viejo complotista como ciertos dirigentes políticos sí que lo es. La jubilación tampoco debe de ser motivo de depresión o angustia, pues jubilación viene de júbilo, iobilu o yobel, que es ni más ni menos que alegría, alborozo, contento.

Como no creo en eufemismos, no estoy de acuerdo con esas palabras con las que se trata de disfrazar a la vejez. Suena vacío eso de llamarla tercera edad, y resulta cachimbiro eso de decirle a un viejo que es adulto mayor. No hay vuelta de hoja: sé es viejo o sé es joven; a la vejez hay que afrontarla cuando llega plena en arrugas, canas, sordera, cataratas y dolamas cardíacas; y lo mismo sucede con la jubilación a la que hay que entrarle con entusiasmo y alegría, y no con tristeza y resentimiento.

Voy de mañana rumbo a un lugar que nunca había frecuentado, pues en hace un par de años, efectué mi sobrevivencia en Camip Barranquilla en donde una diligente Trabajadora Social: Rosaura Paz de Bocaletti, me atendió solícitamente como lo hacen la mayoría de Trabajadoras Sociales. Frente a un letrero que anuncia: “Supervivencias” formó fila entre un montón canas, calvicies, arrugas, achaques y sonrisas de amigos. Me cuelo en una amplia oficina en donde una gentil Trabajadora Social: Marlen Barahona Caal coteja los datos: DPI y el acta anterior. El problema se presenta cuando debo de estampar la huella digital que por los ochenta y pico de años discurridos, se ha borrado casi totalmente. Después de múltiples intentos, aparece como por encanto la huella del añejo pulgar izquierdo, y es entonces que doña Marlen comprueba que aún sobrevivo. Me entrega luego la copia del acta de Sobrevivencia, mientras dice sonriente: –Hasta el año entrante–. Me despido con un apretón de manos mientras le respondo: –Si Dios me presta la vida regreso en 365 días–. El jubilado que me sigue en la línea de supervivientes, murmura: –Y si la Santa Chabela no se lo ha llevado–. Abandono el acogedor, limpio y amable lugar de la Torre Café, para adentrarme de nuevo en el barullo caótico de la ciudad que sobrevive a pesar de todos sus dolamas y malestares: Corrupciones y asesores a granel, plazas fantasmas, ministerios efímeros y presidentes de adorno.