Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Los peligros de la disputa política incivil

Estos avances civilizatorios no están escritos en bronce…

— Roberto Blum
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El hombre es el animal político afirmaban hace 2 mil 500 años los más grandes pensadores griegos. Poco después el escritor romano Plauto decía que el hombre era “un lobo para los otros hombres”, frase que en la época moderna popularizó el inglés Tomás Hobbes y confirmó después el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. En su ensayo La civilización y sus descontentos Freud afirma que nuestros semejantes no solo son compañeros u objetos sexuales sino también blancos de franca agresión, violencia y dominación.

Si bien es cierto que los seres humanos somos capaces de conductas sumamente crueles y despiadadas contra nuestros semejantes, la historia está llena de ejemplos, también es cierto que somos capaces de actos de benevolencia y ayuda a nuestros congéneres.

Steven Pinker en su libro Los mejores ángeles de nuestra naturaleza muestra como al correr del tiempo, los hombres nos hemos civilizado y con la civilización hemos disminuido gradualmente la natural violencia y la crueldad. Sin duda hoy somos mejores personas que nuestros cercanos antepasados.

Sin embargo, estos avances civilizatorios no están escritos en bronce ni están anclados en lo más profundo de nuestro ser biológico. De hecho parece que son una delgada y frágil capa social que nos cubre y nos protege. Es el resultado de una lenta y penosa construcción institucional que a base de incentivos positivos y negativos –premios y castigos– modelan y promueven las conductas deseables mientras desestimulan aquellas otras que la sociedad considera indeseables o disfuncionales.

Mantener en existencia y buen funcionamiento esta delgada y frágil cubierta civilizatoria no es tarea fácil. Se requiere un esfuerzo individual y colectivo continuamente renovado. Basta que durante un corto periodo se reduzca o se desprecie el esfuerzo necesario para el mantenimiento de la civilización para que se produzca una regresión a estados anteriores con consecuencias que pueden llegar a ser terribles. La violencia y la crueldad extremas, ambas reprimidas por las instituciones sociales, suelen surgir de inmediato.

Y este proceso descivilizatorio suele ser un proceso gradual, un fenómeno que al principio no es fácilmente notable, que sucede bajo la mirada de la mayoría y que solamente es percibido por algunos individuos especialmente perceptivos por su entrenamiento o por su larga memoria y experiencia. Un primer signo del fenómeno puede ser la creciente erosión de las normas de cortesía en las conductas o en el lenguaje común. El civismo básico se va poco a poco abandonando.

Un siguiente signo es el abandono gradual de la conversación política y la elevación del nivel del tono ideológico y la confrontación abierta de los intereses de grupo y de clase. Para este momento la polarización en la sociedad se vuelve evidente. Todos los individuos y todas las ideas se han dividido en dos bandos contrarios. Los buenos y los malos. Los amigos y los enemigos. La sociedad se encuentra al borde de su disolución. Cualquier evento, por mínimo que sea, puede empujarla a una catástrofe*. La guerra civil puede estallar en cualquier momento y por cualquier pretexto.

*El matemático francés Rene Thom y el inglés Christopher Zeeman estudiaron y modelaron hace unos 50 años los cambios cualitativos extremadamente rápidos que se presentan en los sistemas dinámicos y que se conoce como la teoría de la catástrofe.

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