Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Lo negro de Los Cara Blanca

Esa negra historia parte, desde que se incrustaron las camarillas de diputados inamovibles,

— Silvia Tejeda
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Distinguidos como “Los Cara Blanca” son los sujetos que hacen de la política la farsa más productiva: Aparentan luchar por causas justas, se presentan como gente honrada, engañan a la mayoría, pero, realmente en su desempeño, son sujetos tan corruptos, como los más descarados. Engañan tanto a los desposeídos como a los poderosos y se protegen entre sí, para estar seguros que, entre ellos, se pueden cometer múltiples fechorías ya que esa máscara con la que oficializan una aparente honradez, nadie se las va a quitar. Ese ha sido su sistema como lo muestran los escandalosos salarios que devengan sindicalistas y familiares protegidos que laboran en el Congreso de la República.

El primer ejemplo dado por el nuevo presidente del Congreso, Mario Taracena, merece el apoyo de los ciudadanos que luchamos porque el país deje de ser propiedad de las redes del crimen y de los saqueadores con máscaras de gente correcta, que ponen cara de inmaculados en los actos oficiales, pero que en realidad, son tan corruptos o más, que quienes trabajan en el gobierno de turno.

Tal decisión ha dado por el suelo con la reputación, ya dudosa, de ese oscuro depósito de abuso y corrupción en que fue convertido el recinto de un poder del Estado. La denuncia de Taracena hará historia en los anales de ese circuito de podredumbre en que fue convertido el Congreso de la República de Guatemala. Nada más y nada menos.

Esa negra historia parte, desde que se incrustaron las camarillas de diputados inamovibles, quienes con el paso de los períodos de reelección, fueron animándose más a abusar de un poder convenciéndose que les redituaba más convertirlo en perímetro de negocios, que en un respetable recinto para responderle a sus electores con normas para el desarrollo y de beneficio general. Hasta llegar al 2015, año en que su desprestigio y su debacle de credibilidad, les hizo ver que con multimillonarias campañas de imagen, no se convenció la voluntad del pueblo.

Sin embargo, en todo ese proceso de degradación y enriquecimiento, a la vez, todos sus estratos hicieron silencio y se cubrieron con el mismo lodo. Simplemente, porque sí, entre todos se encubrían, las múltiples fechorías conocidas en todos los niveles, todos los niveles de subalternos también recibirían premios por callarse la boca. Ya que si de algo temen los políticos incapaces y transeros, es a las denuncias que pueden hacer de sus malos pasos, los de su equipo de sus asesores, subalternos y colaboradores, donde uno que otro sindicalista escarba y mueve la boca, cuando quiere más participación.

No extraña entonces que, ningún partido político, ningún presidente de junta directiva y ningún simple diputado se haya fijado en los beneficios que reciben por un gamonal pacto colectivo más de mil empleados. Que entraron a trabajar ahí, no por capaces, sino porque forman las cuadrillas de protegidos para cuidarle las oscuras espaldas a la mayoría de ellos.

Pero esa historia invita a preguntarse: ¿Por qué no se dieron cuenta los diferentes directores de la Procuraduría General de la Nación de todos los lesivos pactos colectivos que se firmaron, no solamente en el Congreso, sino también en distintos ministerios? ¿Por qué a los contralores de la Contraloría General de Cuentas, tampoco les llamó la atención la desproporción de esos salarios? ¿Por qué los dirigentes de los partidos políticos tampoco se dieron por enterados? Parece que la red de encubrimiento a la corrupción es más extensa de lo que se aparenta.

Roguemos para que al licenciado Taracena no lo mediaticen y todo quede en un alegrón de macho viejo. Esa corrupción debe ser denunciada hasta sus últimos estratos. De lo contrario, el Congreso seguirá siendo un recinto de los mentirosos, farsantes y corruptos, que más daño le hacen a los guatemaltecos. Tal vez, con algunas escasas excepciones.

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