Sábado 20 DE Julio DE 2019
Opinión

Qué nos toca

Frente a la pretensión de imponer el olvido, es menester preservar la memoria, para que la historia de violencia no se vuelva a repetir.

Fecha de publicación: 16-01-16
Por: Anamaría Cofiño K.

Ya quedó claro que el nuevo presidente y el gabinete nombrado no tienen perspectivas adecuadas para resolver las graves problemáticas históricas que agobian a la población. La evidente orientación empresarial, más la notoria exclusión de las mujeres del equipo de gobierno, muestran el obtuso machismo que lo caracteriza, así como su subordinación hacia los sectores económicamente poderosos. Si a ello le sumamos la confusión de religión con el Estado, más la intervención extranjera, el panorama es desalentador.

Como habitantes de estos territorios, como personas conscientes, nos toca asumir un papel activo y decisivo en la política. Sin miedo, sin titubear, es nuestra responsabilidad movilizarnos para echar a andar el programa mínimo de cambios urgentes ya identificados. Aunque no estemos en el Congreso ni en instancias de Estado, tenemos el poder que nos otorga ser integrantes de esta sociedad. Es tiempo de tomar cartas en el asunto desde donde estemos, denunciando y atacando las múltiples formas de corrupción en todos los espacios, divulgando las propuestas transformadoras, ampliando los niveles de información, organizándonos para que la fuerza del pueblo haga valer los derechos de todas las personas.

Una de las mayores riquezas de Guatemala es una situación geográfica y ambiental privilegiada, así como la existencia de culturas ancestrales, cualidades que se concretan en una valiosa e inmensa diversidad. La propuesta neoliberal de “urbanizar el campo” es ni más ni menos plantear encementar nuestro paisaje, entubar los ríos, contaminar el ambiente y construir ciudades privadas en torno a centros comerciales, para promover consumismo y competitividad. Esta pretendida urbanización equivale a “civilizar”, que es una forma de colonización basada en el racismo y la eliminación de las culturas originarias con el fin de asimilarlas al sistema capitalista uniformador. Bien al contrario, lo que es necesario impulsar es el cuidado integral de los ecosistemas y de los saberes de las comunidades, no para su simple conservación, sino desde una perspectiva integral que comprende la interconexión entre todos los procesos de la vida.

Ante los proyectos de inversión extractivista, es necesario tener claro a quiénes benefician, qué costos ecológicos y sociales conllevan y sobre todo, qué implicaciones tienen para el futuro. Ante el hambre y la miseria generalizadas, la prioridad debe ser la producción local de alimentos de consumo básico “sanos”, no la comercialización de productos dañinos para la salud ni la reducción de salarios o el deterioro de las condiciones de trabajo.

La seguridad, requisito básico para la convivencia pacífica, no se basa en la presencia de más hombres armados, sino en la creación y mantenimiento de condiciones de vida digna desde la infancia hasta la vejez. Ello requiere voluntad política, recursos y sobre todo, unidad de las fuerzas democráticas que impulsen las medidas necesarias para que la Justicia en toda su dimensión deje de ser un privilegio y llegue a toda la gente.