Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

El gran debate

Para Platón, solamente los filósofos eran capaces de contemplar la verdadera realidad, por  lo que solo ellos podían construir y dirigir el Estado.

— Roberto Blum
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El profesor João Espada, del Instituto de Estudios Políticos en la Universidad Católica de Lisboa, visitó recientemente la Universidad Francisco Marroquín. Aquí ofreció algunas interesantes conferencias y seminarios. En uno de ellos abordó como tema el gran debate político del siglo XX: el debate intelectual y de poder entre el totalitarismo y la democracia.

De un lado las ideas de Friedrich List, Marx, Mussolini y Carl Schmitt quienes proponían una fuerte intervención del Estado en la vida económica y social; del otro, Walter Lippmann, Popper, Isaiah Berlin, Hayek y Michael Oakeshott que proponían un orden económico y social con mayor libertad y espontaneidad.

Los nueve pensadores mencionados son, sin duda, solo parte de las dos grandes corrientes intelectuales que en Occidente se iniciaron con Platón y Aristóteles hace ya unos 2 mil 500 años, y que en el desarrollo de nuestras sociedades han tenido importantes efectos prácticos.

En realidad y simplificando, el gran debate parece darse entre quienes valoran la fuerza y la eficacia de la Razón y quienes creen en el finalismo ciego de la Evolución.

El gran filósofo germano Jorge Guillermo Federico Hegel consideraba que el Estado era la encarnación de la Razón, por lo que quizá no sería exagerado atribuirle a él la idea de que el Estado era Dios encarnado. De esta magnífica concepción hegeliana es fácil deducir la visión totalitaria claramente definida por Benito Mussolini: “El pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.

Dos mil quinientos años antes, Platón creía que era posible construir una Ciudad-Estado perfecta, basada en la visión de la polis ideal que existe en el topos hyperuranios. Para Platón, solamente los filósofos eran capaces de contemplar la verdadera realidad, por lo que solo ellos podían construir y dirigir el Estado.

En el siglo pasado –en los regímenes totalitarios nazi-fascistas y comunistas– era el Führer, el Duce o bien el Partido quien podía y debía planear, organizar, dirigir y controlar a la comunidad, para llevarla a su perfección.

Del otro lado del debate, los seguidores remotos del Estagirita y de la Ilustración Escocesa parecen confiar, más que en la Razón, en los procesos espontáneos de la naturaleza interpretados por la limitada razón humana. Así, Adam Smith observa que la naturaleza egoísta del ser humano hace que coopere con otros, para lograr su propio y personal beneficio. Y afirma que el resultado de esta cooperación egoísta de cada hombre beneficia a todos, como si todo el proceso hubiera estado dirigido por una “mano invisible”. Casi un siglo después, Charles Darwin encuentra el mecanismo adecuado –la selección natural– para explicar la diversidad de las especies existentes y los cambios que se observan en la naturaleza biológica. La naturaleza nos muestra un magnifico orden espontáneo; un orden no dirigido por nadie.

Y así, en el siglo XX se pudo observar que los regímenes políticos democráticos fueron más exitosos que sus contrapartes totalitarios. El fascismo y el nazismo y sus aliados fueron derrotados en 1945 por las democracias y en 1991 la Unión Soviética se disolvió como resultado de una creciente ineficiencia económica y un gran descontento social.

Algunos pensadores políticos parecen creer que el gran debate se ha cerrado. En este sentido, en 1992, Francis Fukuyama escribió su libro El fin de la historia y el último hombre pero la historia continúa y el debate también.

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