Viernes 24 DE Enero DE 2020
Opinión

Diferenciar entre mata-amarrados y oficiales de combate: El caso del general Benedicto Lucas García

Fecha de publicación: 10-01-16
Por: Jose Rubén Zamora

El viejo ejército de la contrainsurgencia, igual que la guerrilla, se irritan cuando los académicos independientes que han estudiado la guerra que esas fuerzas libraron durante más de tres décadas aseguran que esta fue, si mucho, una de enfrentamientos cruentos y sangrientos aunque poco convencionales y prolongados, operaciones esporádicas urbanas y rurales de guerra de guerrillas y, sobre todo, constantes escaramuzas de consecuencias impensables. Eso, por supuesto, no resta la crueldad de los actos bélicos ni el sufrimiento de los caídos en combate.

Pero enfrentamientos militares serios, de las dimensiones de las que ocurrieron en El Salvador y Nicaragua fueron menos frecuentes. Lo que se ahorraron en balas en combates militares abiertos, lo gastaron con creces matando gente inocente y desarmada. Por cada combatiente (soldado o guerrillero) que cayó en la “guerra”, murieron casi nueve civiles.

El enfrentamiento armado en Guatemala fue sórdido. Consistió en capturas y secuestros clandestinos y largas torturas inhumanas de delación. Nadie decente se puede sentir orgulloso de haber peleado esa guerra de mata-amarrados y de niños, mujeres y ancianos quemados en salones comunales o en iglesias de aldeas y caseríos.

El centro de transmisiones militares, fincado en Huehuetenango en los años ochenta, recibía “partes de guerra”, como estos, de Río Negro, del lado de Baja Verapaz: “reporto más de cien bajas al enemigo… cero bajas en nuestras filas…” No había forma de que el Ejército tuviera bajas en una masacre, pues las poblaciones estaban inermes e indefensas.

No obstante lo dicho, hubo comandantes y combatientes de ambos lados decentes e íntegros. A veces uno habla de honor, decencia, heroísmo, liderazgo e integridad desde la comodidad de la casa, en un escritorio o a la orilla de la piscina de un hotel cinco estrellas como lo hacían los líderes de la URNG, pero en una guerra es muy difícil actuar en consonancia con esos valores. Ahí se pone a prueba el verdadero temple.

Uno de esos comandantes de temple fue Benedicto Lucas García (a quien, por cierto, no conozco ni de vista), un soldado serio, un guerrero profesional, formado para combatir abiertamente según las leyes internacionales de la guerra. Hasta donde alcanza mi conocimiento, no fue torturador ni un cobarde mata-amarrados, mucho menos victimario de niños, mujeres y ancianos. Y siempre se caracterizó por ir al frente de sus tropas.

En mi trabajo como periodista me ha tocado escuchar y confrontar confesiones de torturadores y dramas indecibles de víctimas. Creo que es oportuno compartir unas de esas historias de la guerra, que documenté hace años y que me impactó personalmente, enseñándome a ver que no todo es blanco y negro.

A principios de los años ochenta en Petén, un comando irregular de inteligencia militar –peludos, barbados y sin uniforme– llegó “por órdenes superiores” a instruir a los miembros de un destacamento. Ubicaron en el mapa de operaciones una aldea y aseguraron que se trataba de un nido de guerrilleros y que por lo tanto la tropa debía acabar con todos sus habitantes sin excepción.

El joven oficial a cargo de la tropa encaró a los peludos, prepotentes y sanguinarios: “Ustedes no son mis superiores –les dijo– no sigo órdenes ilegales y si quieren que la considere dénmela por escrito”. Esa noche el novato oficial durmió parapetado en su habitación esperando que los susodichos exterminadores llegaran a matarlo.

Pero al día siguiente, Benedicto Lucas, quien, como jefe de Estado Mayor del Ejército, era el encargado de las operaciones a nivel nacional, visitó el destacamento. Con cierta pena el General observó que el oficial subalterno estaba siendo reprendido severamente por su superior, esperando que allí mismo lo mandara a fusilar por desobedecer instrucciones.

Para sorpresa del oficial superior, Benedicto le extendió la mano al subalterno y le dijo: lo felicito subteniente, usted es de carácter, gente como usted necesita la institución, y no tiene que seguir ninguna orden ilegal y menos aún si no viene directamente de su inmediato superior, que es quien me reporta. Al oficial superior a cargo del comando lo mandó a su casa de manera expedita.

Benedicto Lucas nunca aceptó ni avaló la tesis de la “obediencia debida”, pues la consideraba oprobiosa a las virtudes y fundamentos militares.

Sobra decir que la aldea supuestamente atestada de guerrilleros fue reducida a cenizas pocos meses después, cuando Ríos Montt ya gobernaba el país. Ahora es famosa por unos niños supervivientes adoptados en Estados Unidos y que entablaron un juicio en contra de sus supuestos padres adoptivos, que en verdad eran los asesinos de sus padres biológicos. Es la aldea Las Dos Erres.

En otra ocasión Benedicto Lucas, como jefe del Estado Mayor, supervisaba el regreso de una unidad de combate de la montaña y vio venir a un soldado sin botas. Lucas le preguntó al soldado por sus botas, y este le explicó que las había destruido en el pantano. Benedicto se quitó sus propias botas y caminó descalzo por la jungla pantanosa más de cinco kilométros, hasta llegar al punto donde lo esperaba el helicóptero para su extracción de la zona.

Benedicto fue de los cadetes que, a punto de graduarse de oficial en la Escuela Politécnica, sufrió en una cantina la provocación, hostigamiento y burla de la gente de la Liberación, que se sentía victoriosa y estaba eufórica por la traición del Alto Mando militar al presidente Jacobo Árbenz.

Esos cadetes, entre ellos Benedicto, sometieron a los liberacionistas y los sitiaron al día siguiente en el Hospital Roosevelt; luego los hicieron desfilar, arrestados, por la Avenida Bolívar. Después de ese incidente penoso, Benedicto Lucas y sus condiscípulos cayeron presos en La Antigua, traicionados por monseñor Rossell y los negociadores del Alto Mando del Ejército. Benedicto Lucas tuvo que salir a completar su carrera militar a Saint Cyr, en Francia, de donde regresó como oficial profesional. Lo demás es historia.

No tuvo que haber sido fácil ser oficial del Ejército en aquellos años del conflicto armado, como tampoco haber sido insurgente honesto. Otro día les contaré mi conocimiento sobre un hombre correcto de la guerrilla llamado Mario Payeras, y de las traiciones que sufrió de su propio entorno inmediato, donde estaba un personaje siniestro, Gustavo –‘Chuky’– Porras, que ahora navega abiertamente en el otro bando, o tal vez siempre lo hizo, pero estaba “encubierto”.