Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Lo que no quiere verse

El endeudamiento del Estado con nuestra banca privada es el enemigo número uno del progreso.

— Acisclo Valladares Molina
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Admito que también son otros muchos los enemigos que podrían merecer una idéntica calificación: la corrupción, la primera.

Sin embargo, permítaseme que me refiera en esta ocasión, como el enemigo número uno –lo es– a la competencia desleal que existe en el mercado de crédito ¿De qué política crediticia podríamos hablar? mercado en el cual el Estado, con su sempiterno déficit presupuestario y, en consecuencia, con su creciente endeudamiento con la banca privada arrebata –esto es literal– la posibilidad de que los empresarios y, especialmente, los pequeños y medianos –puedan obtener los créditos que les son necesarios para poder desarrollarse.

Los banqueros se sustraen de correr el riesgo de prestarle al empresario –en otras palabras– a la economía real –a la economía que es creadora de empleo y de riqueza– puesto que les resulta más fácil y seguro, sin correr riesgo alguno, prestárselo al Estado: el Estado, el competidor desleal, dispuesto a pagar cualquier tasa de interés con tal de hacerse de recursos.

El perverso contubernio fáctico que existe entre el Estado y la banca privada determina que los empresarios no puedan acceder al crédito bancario y que los pocos que lo logran tengan que hacerlo a altas tasas de interés –las altísimas tasas de interés que imperan en los bancos: Léase “nuestros bancos”.

Por cierto, lo más “simpático” del perverso y trágico contubernio fáctico es que mucho del dinero que el Estado recibe de la banca privada es del propio Estado: el dinero depositado por las entidades públicas.

Las inmensas utilidades que producen nuestros bancos –sin parangón en país alguno– no es producto de su eficiencia ¡Malaya, mi vida! sino de “empapelarse”, literalmente, con las obligaciones del Estado y en perjuicio de la economía real, es decir, de la economía productora de bienes y servicios –es decir, en otras palabras– de la única generadora de empleo y –en consecuencia– de la única que puede erradicar sosteniblemente la pobreza.

Las extraordinarias utilidades de nuestros bancos privados, salvo muy escasas excepciones –reitero– no es sino el producto de empapelarse –cual zánganos– con los bonos del Estado.

Todavía recuerdo la impertinencia del público –supuestamente “la élite”– asistente al foro presidencial que sostuvimos en el Teatro Nacional los cinco candidatos presidenciales que éramos los punteros en las elecciones de 1995, sordo a esta denuncia y al de la necesidad de un presupuesto equilibrado.

El origen de este fenómeno de la banca empapelada tuvo su origen en 1994 cuando se cometió un crimen de lesa constitucionalidad con la reforma constitucional que se hiciera ¡Vaya que el camino del infierno se encuentra empedrado de buenas intenciones! y que tuvo como consecuencia –casi obligada– este trágico y perverso contubernio fáctico: crédito inexistente para la economía real y, en todo caso, a tasas muy altas de interés, tasas que son determinadas por la voracidad estatal por los recursos, una demanda insaciable, sean cuales sean las tasas de interés.

Intenté una segunda aventura electoral en 1999 pero –una vez más– quienes debieron entender –los de la supuesta élite– no entendieron o, mejor dicho, no quisieron entender, y las grandes mayorías, al final de cuentas –sumidas en su ignorancia– carecen, a pesar del voto, de poder de decisión alguno.

Tal vez ahora, cuando ya no existe la amenaza de una candidatura presidencial de mi parte –candidatura que estuvo llamada a poner en orden el Estado– se preste atención a la lucha que debe librarse en contra de ese enemigo número uno del desarrollo y el progreso –enemigo número uno de la erradicación de la pobreza: la competencia desleal del Estado en el mercado de crédito, el trágico y perverso contubernio fáctico que llegó a cerrarse entre este y los bancos privados.

No se trata de volver al pasado: los irresponsables créditos de la Banca Central al Estado –la toma de sus bonos– conducían al más ingrato de los impuestos: la inflación pero, incluso si atenidos al crimen de lesa constitucionalidad perpetrado –la ley es la ley– ¿Por qué no jugar el juego que se nos quiso hacer jugar pero con todas sus consecuencias –populismo oligárquico aparte– y buscamos el crédito donde sea más barato –“nuestra” banca no es el lugar para lograrlo– y sin perder de vista el verdadero –y único remedio–: el presupuesto equilibrado.

“La culpa no es de nuestra estrella, sino de nosotros mismos”.

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