Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Memorias de Dachstein

“El alma que busca la belleza en ocasiones puede caminar sola”.

— Luis Fernando Cáceres
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La montaña siempre ha tenido un aura mística sobre ella. Invariablemente, a través de culturas y civilizaciones, la parte alta de una montaña siempre ha provisto a los humanos de una atmósfera propicia para reflexionar.  Ya sea en términos más fijos y comprometidos a través de monasterios incrustados en alguna ladera de la parte superior, o a través simplemente de caminatas solitarias, como lo solía hacer Whitman, la experiencia de estar en lo alto de un collado ha ayudado al hombre ha acercarse si mismo. No por gusto decía Goethe que el alma que busca la belleza en ocasiones puede caminar sola.

Ayer tuve una de esas experiencias particulares; de esas que proceden de algún lugar puramente visceral en lo profundo del cuerpo y que repican en la imaginación. Por un lado el hecho de subir una montaña nevada y poder estar a solas en la cima, viendo el valle abajo sumergido en un profundo silencio, me dio la ocasión de reconectar con mi infancia y recordar una vida que quedó muy atrás. Al mismo tiempo, sin embargo, me permitió contemplar mi vida y el camino que he erguido delante de mí.

La ocasión de ver hacia abajo los grandes planos del valle de Nashoba y contemplar los boques que rodean las lagunas, me proveyó de una ocasión única para cuestionar y apreciar al mismo tiempo. Hace mucho tiempo cuando mis padres, con mucho esfuerzo, decidieron costearme los estudios de primaria en Europa quizá no pude apreciar toda la magnitud de su atrevimiento, que ciertamente conllevó grandes quijotadas emocionales y económicas. Particularmente porque quisieron hacer de aquella experiencia lo más enriquecedora posible. Ayer, sobre la montaña, no pude evitar transportarme a las temporadas que pasé esquiando en Dachstein y las fabulosas experiencias que viví en los Alpes. Quizá aún más gloriosas porque eran vistas con los ojos de un niño aún formándose, fácil de agradar y con mucho mundo que recorrer.

En todo caso, lo que me llevo de la cima de las montañas de Westford, es una renovada adhesión al proceso de reflexión y cuestionamiento por el que someto a mi existencia y, sobre todo, un fortalecido respeto y agradecimiento por el proceso de educación que seleccionaron mis padres. Fue uno, sin duda, que no dejaba cabida a medias tintas ni medianos sacrificios, sino más bien uno que demandaba un compromiso profundo con un camino diseñado para desarrollarme tanto como fuera posible.

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