Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Difícil integrar Gobierno

¿Cómo atraer a estadistas y profesionales probos?

— Edgar Gutiérrez
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Al presidente electo Jimmy Morales se le ha dificultado integrar un gabinete de “notables”, como pretendía. Hay al menos tres factores que explican el problema. Uno es que aún no están en la retina de la ciudadanía los objetivos estratégicos del próximo Gobierno. Como llamar a los muchachos de barrio a un partido de fútbol, solo por jugar, donde cada quien improvisa. Es claro, en el periodo actual, que asumir una alta responsabilidad en la función pública no es por diversión.

Influye, además, no identificar un referente de gestión en el equipo. Desde que los partidos oficiales no forman cuadros de Gobierno, o sea, a partir de 1991, la mera selección de uno, dos y hasta tres ministros o altos consejeros orienta implícitamente el perfil programático de la administración. Por ejemplo, Richard Aitkenhead fue un referente en varios gobiernos (Jorge Serrano, Ramiro de León y Óscar Berger) o bien Eduardo Stein (Álvaro Arzú y Berger), que estructuró equipos de trabajo en diversas parcelas del aparato público. En el listado de presuntos funcionarios de Jimmy Morales que extraoficialmente dio a conocer elPeriódico el pasado lunes 28, apenas puedo identificar como ejecutivos de alto nivel a Mario Marroquín, que sin embargo no había aceptado; el actual canciller Carlos Raúl Morales y Óscar Hugo López.

Un tercer factor se asocia al riesgo de ser funcionario en estos tiempos. Varios tecnócratas afines al sector privado no quieren verse en el espejo del presidente del Banco de Guatemala, Julio Suárez, ni de Max Quirín. Es casi imposible tener el dominio completo de los actos administrativos cuando existen voluntades superiores de promover negocios corruptos y que actúan paralelamente. Eso mismo le ocurrió a Francisco Jiménez siendo ministro de Gobernación: una sola vez fue al Renap a presentar a su delegado y al cabo debió responder demandas penales por su mero cargo. A eso se suma la precariedad de recursos, la alta exposición a campañas de desprestigio, salarios que no compiten en el mercado de altos ejecutivos y la ruina institucional.

¿Qué hace un presidente frente a ese panorama? No es que le falten ofertas de cuadros. Hay muchos, quizá demasiados, aspirantes; profusas hojas de vida profesional circulando por doquier; algunos candidatos dándose codazos, pero no necesariamente son los funcionarios a los que el mandatario aspira para una gestión que enfrentará retos formidables. Nunca supe, hasta ahora, que un presidente electo enviase los nombres de su primera línea de funcionarios a una cuasi inspección policial al MP, la CICIG y la embajada de EE. UU. Un signo de la decadencia de la alta gestión pública.

Esas dificultades de integrar un gabinete evidencian que el liderazgo es insuficiente para motivar a los mejores estadistas y profesionales, y que el sistema político, jurídico y administrativo del Estado debe ser reformado profundamente. Pero de nueva cuenta caemos en el círculo vicioso: ¿quiénes, sino los convencidos y más capaces reformistas, cambiarán el sistema? ¿Y si estos no están dentro, con quiénes entonces se hace la reforma?

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