Miércoles 24 DE Abril DE 2019
Opinión

¿Y la voz ciudadana, qué onda?

Olvidamos salir a protestar la semana pasada para presionar a la CC por prohibir medicinas genéricas.

— Marcela Gereda

Después de vanagloriarnos de “héroes patrios” y calificarnos como  “los artífices del año de la conquista de la Justicia”, nos recetamos un merecido descanso ante las hazañas patrias: nos regresamos a nuestras casas sin capacidad de análisis crítico ni de ir a la raíz de los problemas del país. Nos conformamos con el ilusorio cuento de que sacamos a Otto y a Roxi y que pasaron la mano a un nuevo gobierno. Borrón y cuenta nueva. Qué brutos somos.

Ocupados en preparaciones navideñas, arreglos, guaro y tamales se nos olvidó que habíamos dicho salir a manifestar ante cualquier injusticia encontrada, de ahí que se nos pasó por alto salir a manifestar la semana pasada para hacerle presión a la Corte de Constitucionalidad para no regalarle el monopolio de las medicinas a las farmacéuticas. Acaso por andar de convivio en convivio no nos dimos ni cuenta que somos el primer país donde se prohíben las medicinas genéricas.

¿Cómo así de que se protesta por la corrupción, pero no por prohibir las medicinas genéricas?, ¿cómo así que manifestamos contra la desviación de fondos públicos, pero no contra este brutal atentado contra la vida humana y la salud de la población que causará más muertes que todas las transas del Pérez-Molinismo en el IGSS?

Y es que hay tanta desinformación y manipulación de los medios de comunicación que ni siquiera parece haber una conciencia que después del tráfico de cocaína y la guerra, el negocio de las farmacéuticas es uno de los más rentables.

Ante los datos pavorosos presentados recientemente por la Encovi, Encuesta Nacional sobre las Condiciones de Vida, (2006 y 2014) del Instituto Nacional de Estadística, nadie dijo ni pío, no salimos del letargo y de la resaca que dejó el entusiasmo de creernos protagonistas de la “revolución azul y blanco”.

A nadie lo sacó de su comodidad enterarnos del aumento de la pobreza del 51.2 al 59.3 por ciento, equivalente a 9 millones 300 mil personas en una población de alrededor de 15 millones 800 mil habitantes. A nadie pareció quitarle el sueño de que la pobreza extrema se incrementó del 15.8 al 23.4 por ciento.

A ningún joven se le vio en la calle con carteles ni pancartas alegando que seis de cada diez guatemaltecos no tienen los ingresos para costearse una canasta mínima de alimentos, bienes de consumo y servicios indispensables. Tampoco hay indignación ante el cuento del discurso empresarial de que el aumento salarial obstaculiza la inversión.

Guatemala es la economía más grande de Centroamérica, pero también es el país con los más elevados niveles de pobreza de la región. La Encovi, evidenció no solo un impresionante aumento de la pobreza, sino también de la riqueza de unas pocas familias.

Ante la sospechosa pasividad y silencio de los indignados, uno se vuelve a preguntar dónde quedó aquello de que “Guatemala despertó” y ¿por qué no salimos a manifestar por este inhumano crecimiento exponencial de la desigualdad social?

Acaso porque no somos conscientes del riesgo que representa que crezca la desigualdad. No parecemos saber la conexión directa entre desigualdad y violencia.

Tampoco parecemos querernos informar de manera crítica asumiendo que solo la movilización consciente con estrategias y tácticas precisas puede refundar el Estado de manera estructural, si es que de verdad queremos ser los artífices de nuestra propia historia y si llevamos a sus últimas consecuencias el eslogan de que “estamos comprometidos con la justicia”.

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