Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Una “amenaza” no convencional

Lo que ocurre es una implosión del sistema.

— Edgar Gutiérrez
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Cuando en mayo de este año Washington solicitó mantener bajo reserva durante cinco años los expedientes judiciales de Marllory Chacón, nos enteramos que el cono norte de Centroamérica era una de las prioridades en el mundo de seguridad nacional de EE. UU. Meses después el consejero del Departamento de Estado, Thomas Shannon, confirmó que la zona está en el rango de las amenazas top, junto a Siria, Ucrania-Rusia, Irak e Irán.

A diferencia de las guerras en la década de 1980, la “amenaza” centroamericana no está en los primeros planos del debate político internacional ni en los titulares de prensa; sin embargo, hay una vieja línea de continuidad que nace de la disfuncionalidad de los sistemas económicos y de los Estados en esta región. Tras dos décadas de destierro de la violencia política, estos países no pudieron lidiar con el lado oscuro de la globalización (el crimen organizado transnacional, incluyendo narcotráfico y blanqueo de capitales) y la corrosiva corrupción que dio al traste con las instituciones, reforzando los candados que limitan la movilidad social.

La nueva inclusión política de las fuerzas antes proscritas no alteró significativamente las cosas, ni en El Salvador, donde la antigua fuerza guerrillera va por su segundo mandato de gobierno y desde la oposición ha sido relevante en el parlamento. Las elites políticas y económicas en estos países, tanto las que atravesaron la guerra fría como las que les relevaron, han fracasado en reconstituir los regímenes sobre bases modernas que robustezcan a las clases medias, desaprovechando el lado luminoso de la globalización. En 2015 fue alentador que en Guatemala y Honduras las sociedades se levantaran en contra de la corrupción, sacudiendo los sistemas políticos. Parafraseando el título del libro de Edelberto Torres-Rivas (2011), otra vez ocurrieron “revoluciones” ciudadanas, “sin cambios revolucionarios”.

Pero las sociedades no solo sacudieron los sistemas políticos, también se sacudieron la anomia y expandieron su conciencia. Centroamérica no es una zona que arde al rojo vivo en el mundo, pero es un comal que insospechadamente quema. Para Washington podría ser una amenaza no convencional. En términos militares no hay que destruir, pues lo que ocurre es una implosión del sistema en cámara lenta. Por eso esta es una crisis de construcción (postergada) de Estados eficientes y de economías de mercado que necesitan limpiar sus arterias para que el flujo de producción y comercio fluya en todas las direcciones.

Puedo entender la preocupación de una parte de Washington sobre el control de las fronteras, pero en una “alianza de la prosperidad” no es necesario cerrar las puertas si hay voluntad de remover viejas raíces y se identifica quiénes son los agentes del cambio de la política, la economía, la sociedad y, por supuesto, la cultura. En Centroamérica las guerras pasaron, pero nunca hubo un esfuerzo de reconstruir sobre nuevas bases, por eso recaímos.

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