Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Tres hipótesis sobre 2015: 2) El escape ciudadano hacia las urnas

La democracia como escudo ciudadano y no proyecto.

— Édgar Gutiérrez
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En la ebullición ciudadana entre mayo y agosto, ciertos candidatos y partidos tuvieron dificultades de hacer concentraciones masivas, incluso de desplegar su propaganda como siempre lo habían hecho, con insultante soberbia. A veces tuvieron que organizar sus mítines en lugares cerrados y controlados. La publicidad a través de televisoras y estaciones radiales sonaba tan falsa que fue más que inefectiva, un boomerang. Los manuales de estrategia electoral sobraron. Una contracampaña ciudadana, cuyo centro eran las ciudades, comenzó a extenderse hacia los poblados inmediatos y hasta zonas remotas.

No obstante la no realización de elecciones nunca llegó a ser tendencia dominante en las redes sociales, el vehículo principal de expresión ciudadana. La recalendarización electoral, como sugerimos algunos, tampoco llegó a instalarse como opción. La masiva concurrencia a las urnas el 6/S expresó la convicción de que allí se derrotaba al enemigo principal, y había que usar el voto sin desperdiciarlo. Eso significó neutralizar su poderosa maquinaria electoral e inmensa capacidad de construir redes clientelares. En ese sentido la primera ronda del 6/S, y la segunda, del 25/O, constituyeron verdaderas batallas democráticas en las que se derrotó la amenaza principal. Fue una estrategia colectiva que nació de la convicción y no de un centro de diseño ni de operaciones.

La derrota de Manuel Baldizón el 6/S fue la tercera al hilo después de la caída de Roxana Baldetti el 8/M, a la que le había seguido la de Otto Pérez el 2/S. Y habría una postrer, la de Sandra Torres el 25/O. Pero los cuatro casos fueron victorias con objetivos de defensa, para impedir el paso. Derrotar un símbolo o la caracterización de un sistema político es solo una cara de la moneda. Se descubre la otra cara al allanar el poder a otro contendiente. Luis Fernando Mack sostiene que llevamos 30 años alejando el oprobio del momento, votando por el “menos peor”. Empezó en 1985 mitigando regímenes dictatoriales y se repite cada cuatro años, hasta Jimmy Morales en 2015. Antes de cuatro años nos hemos arrepentido y la siguiente vez le votamos al que antes rechazamos.

Votar por el “menos peor” es síntoma de orfandad política. Es la expresión de que como sociedad carecemos de proyectos políticos. Asumimos la democracia casi como un destino manifiesto, con resignación. Es el desaliento en la política y la política del desaliento. Es entendible que la protesta ciudadana y la movilización popular expresen malestar y rechazo. Igualmente el voto en las urnas se ha convertido en expresión de rechazo. Así, el voto es para controlar daños, no necesariamente para construir. Hasta ahora no asumimos la democracia como un camino de transformación social.  (Continúa)

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