Martes 21 DE Mayo DE 2019
Opinión

Unicar en el corazón

Reposo en Unicar por una semana sintiéndome como en mi casa.

Fecha de publicación: 09-12-15
— José Barnoya

Hace 20 años exactos escribí un texto en donde expresaba: Para esto de escribir dice José María Pemán: “No hay más que un secreto: ser fiel a unas pocas cosas, y reírse de todo lo demás”. Y eso fue lo que me enseñaron los viejos, la fidelidad hacia la sangre, la honra y la amistad. Con el amigo Raúl nos conocimos hace cuatro katunes. Éramos pichones cuando nos encontramos en el Instituto Nacional para Varones. Jugamos canicas bajo las araucarias, sufrimos arrestos bajo la campana y le metimos a las letras en las friolentas aulas. Hacía viento esa noche de enero cuando nos entregaron el cartón de bachiller. A cambio, cada uno dejó un libro de recuerdo para la biblioteca. De un solo brinco aparecimos en la facultad de Medicina: fueron ocho años entre disecciones, suturas, partos, desvelos, risas y parrandas. Seguimos siendo los mismos a pesar del birrete, la toga y el título que nos autorizaba para el ejercicio de la profesión. Mientras más nos separaban ríos y montañas, más se acrecentaba la amistad.

Cada quien –con Machado– hizo su camino y trabajó lo mejor que pudo lo que más sabía. Él escogió lo más difícil y se metió de lleno (como Aldo Castañeda y Rafael Espada) en el oleaje del torrente sanguíneo, para explorar después las inescrutables grutas del corazón, fundando en 1976, una institución sólida, funcional, honesta, ética y humanitaria: la Unidad de Cirugía Cardiovascular (Unicar). Demás está decir que en ese laborioso período de más de 30 años, la institución no ha estado exenta de intrigas, mezquindades, restricciones y apreturas económicas.

Discurren los años y llega la vejez con los achaques, las cataratas, las hernias, la sordera, el vértigo, la marcha vacilante y la respiración entrecortada. Después de un desvanecimiento inesperado, me veo frente a un aparato de ecocardiografía que muestra “una estenosis crítica de la válvula aórtica”.

Traspongo el umbral de Unicar en donde me esperan las manos fraternas de Aldo Castañeda y Raúl Cruz, quienes me llevan al encuentro con el bisturí certero de Rafael Espada. Es ahí donde me desprendo de mi cuerpo por casi seis horas. La mente vaga en otra galaxia (un planeta extraño en donde reina la justicia, la igualdad, la comprensión, la solidaridad y el amor).

Ya en el quirófano, Rafael, Herbert Maldonado y Annabella Lobos, seguidos de un equipo de formidables residentes, enfermeras y enfermeros, reemplazan la válvula aórtica por una biológica colocando además una arteria mamaria en lugar de una coronaria obstruida. Reposo en Unicar por una semana sintiéndome como en mi casa. Aparecen de todas partes: manos familiares, fraternas, filiales, entrañables que me cobijan y protegen.

Entreabro los párpados un 7 de diciembre: en lugar de un Diablo que se achicharra entre las llamas, escucho la voz tierna de Antonio Machado quien me dice: “Poned atención: / un corazón solitario / no es un corazón”. Unicar completo entonces se vuelca sobre mi corazón y me abraza fraternalmente.