Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Ser médico en un país como el nuestro

De su consultorio, siempre se ven salir felices a sus pacientes.

— Marcela Gereda
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La semana pasada se celebró el Día del Médico. Mal año acaso para hablar de buenas prácticas médicas en un país donde la impunidad y la injusticia llevan añales instauradas y enquistadas en nuestro supuesto derecho a la Salud Pública y en el que somos testigos de los hallazgos de la CICIG, destapando un fraude millonario en el IGSS. Al menos 20 personas han muerto y 97 están en riesgo de fallecer tras ser aprobado un contrato ilícito suscrito con la droguería PISA para proporcionar servicios de diálisis peritoneal. Nadie puede negar que aquí la Salud Pública es el equivalente de un perro sarnoso y famélico.

Ser médico en el mundo de hoy tiene diferentes significados, retos, formas y condiciones según el contexto y la cultura. En un artículo de la revista Nature, se señala cómo hay una tendencia mundial a orientar la profesión de la medicina a las ganancias y al negocio y no hacia la dimensión humana. Es un hecho que el humanitarismo médico se ha erosionado.

En el mismo se señala cómo China es el principal productor mundial de doctores (con crecimientos anuales de más del 40 por ciento generando unas 50 mil tesis al año, muy por encima de EE. UU.) y tal como ocurre con India, sus perspectivas son las de seguir incrementando su producción. Pero esta masificación de los doctores se está haciendo al precio de una pauperización de la calidad de los doctores.

Según un artículo de La Jornada son dos las razones fundamentales para explicar la pérdida de la fidelidad del médico a su profesión: los programas educativos en las escuelas de medicina han descuidado la enseñanza de la ética y las recompensas económicas que deviene de la profesión.

En el mundo de hoy, los pacientes son clientes y los médicos negociantes. Y sin embargo, he conocido a unos cuantos médicos que a pesar del desprestigio de la profesión, el sistema colapsado y en medio de un sistema de salud tan injusto e impune, conquistan el arte de ser médicos de cuerpo y alma.

Uno de esos magos de la medicina es el doctor Antonio Wöhlers. Egresado de la Universidad Francisco Marroquín. De ser su paciente y amiga, he aprendido que no cualquiera puede ser un buen médico. Se necesitan reunir ciertos designios y virtudes casi divinas. Se requiere una sensibilidad especial, con vocación, ética, transparencia. Observándolo sé que ser un buen médico implica el amor y la defensa de la vida y no del dinero.

Escuchando sus consejos sabios y sus explicaciones sobre los procesos descubro que el verdadero arte médico implica conjugar conocimiento científico con una sensibilidad humana extraordinaria hacia la vida. Admiro su capacidad de comunicación con los pacientes para explicarnos conceptos médicos, cómo conoce sus propias limitaciones, y cómo sabe cuidar la vida de sus pacientes como si fuera la de sus propios hijos. Aplaudo su capacidad de trabajar con todos los sectores sociales que componen esta fragmentada sociedad en la que hay médicos que viven de engrosar sus carteras por inventar enfermedades y cirugías estéticas innecesarias.

En la medicina, es tan necesario el respeto y la valoración de otras formas de conocimiento, aceptando que la medicina occidental no es la única forma de curar. Muy campechano él en su forma, sin ninguna arrogancia, de la manera más sencilla predica con el ejemplo. Es un hombre que cree en lo que hace y por eso lo hace con tanta firmeza y a la vez con tanta dulzura y entrega.

La alegría y entrega proyectada hacia sus pacientes y en su trabajo me recuerda la manera de trabajar de un médico dentista, el mismo que me dio mis genes. Roberto, ese hombre íntegro, que parece misionero, ese que tiene todas las edades, capaz de hacer reír al mendigo y al rey. Que puede hacer que un ciego mire, y un sordo escuche, quien ha trabajado por décadas formando promotores de salud comunitaria.

De su consultorio, siempre se ven salir felices a sus pacientes. Él me enseñó el valor del trabajo bien hecho, del compromiso con lo que se dice y con lo que se hace. Me instruyó en el valor de la risa franca después del trabajo ofrecido al otro. Y quien se desborda en su capacidad de asombro como la de un niño descubriendo el mundo. Los veo reírse con sus pacientes y en su sabiduría y talento, pienso, que después de todo, esta profesión aún tiene maestros y magos del arte de ejercer la medicina de cuerpo y alma. Guatemala necesita muchos médicos como ellos para humanizar la profesión y construir un sistema de salud de todos y para todos.

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