Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Descubriendo lo inesperado sobre casualidad y causalidad

Y es que uno va por la vida, viene y va, sube y baja, y a lo largo de todo hay algunas pocas personas que siempre quedan.

— Luis Fernando Cáceres
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Hace algún tiempo tuve oportunidad de reunirme, en Venice, California, con un viejo amigo de otra vida. Conocí a Luis Arturo en Michigan hace 12 años. Ambos llegamos allá para obtener nuestra maestría. El compañero Arrieta era, por así decirlo, un híbrido. Es decir, él mismo no había decidido si era un ingeniero que además escribía o si era un escritor que se había graduado de ingeniería. Cuando lo conocí había recién publicado, en su Perú natal, la novela Naif. Durante los dos años que estuvimos estudiando negocios, él participó en algunos concursos de literatura que la universidad promovía. Recuerdo que su relato Ojos Verdes ganó primer lugar en la categoría de cuento corto.

Como decía arriba, aprovechando un viaje a California, le pedí que manejara dos horas al sur para poder ponernos al día. Sugerí que nos reuniéramos en lo que es quizá uno de los mejores café-bar de California: Intelligentsia en el boulevard Abbot Kinney. Llegué temprano y ordené una jarra de café de sifón. En Intelligentsia uno puede pedir café hecho con cualquiera de las tres formas principales de preparación (inmersión, drip o presión) e invariablemente es espectacular. Sin duda un prodigio muy bien logrado por su fundador Doug Zell.

Arrieta sigue siendo mixto: un talentoso ingeniero con una maestría en administración de cadenas de valor, que ha logrado un cúmulo importante de logros, pero que a su vez se mantiene buscando, a través del arte, respuestas a la existencia. Se divorció poco después de graduarnos y, reflexivo como suele ser, habló mucho del proceso personal que está viviendo ahora que ha logrado borrar los recuerdos negativos de aquel asunto.

Ha encontrado que la fotografía complementa muy bien su necesidad por escribir.

­­– Es otra forma de documentar ­–me dijo–. Quizá la forma cómo lo hace es lo que me llama la atención. Arrieta toma viajes dos veces al año solo para fotografiar. Generalmente viaja a Asia y lo hace sin compañía. Eso le permite, dice él, reflexionar mucho.

Las historias de los viajes que me compartió Luis aquel día me hicieron pensar que mientras uno crece se le olvida lo gratificante que resulta darse la oportunidad de conocer profundamente a alguien. En los viajes que él realiza se expone a conocer a mucha gente y lo hace con innegable disposición a encontrar amistades genuinas. Muchos encuentros fortuitos de extraños se han vuelto amigos entrañables para él. Amigos nuevos. Esa es, creo yo, la parte más valiosa de todos esos viajes de por más maravillosos. Y es que uno va por la vida, viene y va, sube y baja, y a lo largo de todo hay algunas pocas personas que siempre quedan. Esos son los amigos de verdad. Eso seguramente lo compartimos la mayoría, pero pocos recordamos mantener vigente la ocasión de descubrir nuevas relaciones. Lo que digo acá es que al avanzar por la vida, uno limita la oportunidad de maravillarse con nuevas personas. Esas que uno conoce de pronto y puede, de una sentada, sostener la emoción durante tres horas de conversación. Esas personas, que mientras más uno vive, más escasas parecen, son indiscutibles regalos de vida. Muchas veces, además, llegan justo en el tiempo correcto, cuando estamos renovando nuestra vida, reinventándola y los buenos augurios de algún lugar místico, nos ponen en el camino a una nueva persona con quien experimentar todo lo nuevo que está por suceder.

Mientras uno más se expone a nuevas experiencias, también se expone a nuevas personas y la mezcla de ambas vuelve rica nuestra existencia.

Así que mientras escribo esto, brindo para mí, por esas extrañas oportunidades que la vida me da de conocer nuevas personas y enriquecerme de su amistad.

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