Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

¡Y la “clase política” muriéndose de la risa!

El cambio de modelo económico y social resulta ser fundamental.

— Edgar Balsells
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Mientras los trámites de la legalidad caminan en carreta de bueyes, la sagacidad de la “clase política” lo hace en Fórmula Uno, y es que de veras se han apoderado de todos los entramados de una estructura completamente disfuncional de partidos políticos, y se deben estar muriendo de la risa de nosotros los mortales.

Cientos de horas, miles de hojas y fotocopias para dar lugar a una resolución del Tribunal Supremo Electoral de “depurar” a dieciséis diputados electos. Pero como producto de una clonación, los suplentes llevan los mismos genes: un ex-Dipukid tránsfuga, el retoño del espía y detractor de los Colom, la ex primera dama de facto de Mixco, los retoños de Martínez Lohayza y Mirza Arreaga, una rosca de contratistas y aprovechados de las contrataciones estatales. Nuestro destino más bien se parece a la “Tragedia de Sísifo”.

Desde 1954 Guatemala está jodida, al estilo de Sísifo, que sufrió de Zeus la condena de aguantar por la eternidad una enorme roca en la cima de un monte; dicha roca en cuanto llegaba a la cima se precipitaba nuevamente al valle y Sísifo tenía que comenzar su inútil tarea.

Tal y como lo afirman ahora los pensadores aglutinados en publicaciones del IPNUSAC, y citando al gran Edgar Morín, “no hay reforma económica y social sin reforma política, que va unida a una reforma del pensamiento. No hay reforma vital y ética sin reforma de las condiciones económicas y sociales”.

Pero lo que sucede es que los guatemaltecos estamos verdaderamente bloqueados por esas deformaciones causadas por el clientelismo, los compadrazgos, el nepotismo y otros ismos, que se observan con fuerza en el Congreso de la República y también en el Parlacen, como bien lo dicen los últimos reportajes del periodismo investigativo en los principales medios de opinión.

Vivimos entonces bajo un “decorado republicano” acierta a escribir Jorge Mario Rodríguez, y mencionando al jurista Luigi Ferrajoli habla de un proceso deconstituyente que desmantela las conquistas del Estado social. Y es fácil captar que si eso sucede en las Europas, por aquí ello tiene los matices más siniestros que uno pueda imaginar.

Nuestros cambios deseados se detienen siempre en la superficie, dice Rodríguez, se trata de instituciones líquidas y funcionarios líquidos, que hoy encumbran de nuevo las privatizaciones y apelan a la caridad pública para salvaguardar las obligaciones constitucionales más sagradas, como lo son el derecho a la salud, la educación y a un trabajo digno.

Pero a pesar de todo, este escribiente no forma parte de los pesimistas que vaticinan que, como Sísifo, nuestra tragedia durará por toda la eternidad. Hay luces en el horizonte, y la presión social de los indignados debe continuar, para que de tajo se desarticule el entramado de la “clase política” por medio de una nueva institucionalidad de partidos políticos.

Sin esa herramienta nuestros obstáculos serán aún mayores mientras estamos urgidos de cumplir con resultados a los que los países más civilizados de América Latina están caminando más rápido: combatir la desigualdad, pujar por un desarrollo con respeto del medioambiente, ante la amenaza del cambio climático, y por procesos de desarrollo que tengan a la búsqueda de fuentes de trabajo dignas como un objetivo a todas luces fundamental.

El cambio de modelo económico y social resulta ser fundamental, y se trata de un modelo que anticipa la búsqueda de seguridad social y que estimula la mejora en oportunidades y procesos en donde las decisiones de género deben ser mejoradas, porque por ejemplo resulta ser una vergüenza que de los 340 alcaldes electos con que contamos, únicamente ocho mujeres aparecen en el escenario.

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