Domingo 21 DE Abril DE 2019
Opinión

Libre

Acerca de los que no solo ven lo bueno sino que lo persiguen sin negociar.

— Luis Fernando Cáceres

El mes de noviembre siempre tuvo un dote especial de generosidad conmigo. Sus días, que se desgajan con aires fríos, siempre trajeron una dosis importante de vivencias. El tan especial mes de abril de Joaquín Sabina siempre se tradujo en noviembre para mí: tan lleno de vida, de renovación, de esperanza y de ilusión.

Quizá todo empezó de niño –todo se explica en la niñez, me reveló alguien alguna vez– cuando me tocó experimentar vivir lejos de casa durante un año. Fue un año cuyos meses se me asemejaban de noventa días cada uno y  el primer mes entero que pasé en Austria, fue precisamente un noviembre, particularmente frío, que traía mezclado el dolor de dejar la casa, con la esperanza de encontrar una nueva vida en un pequeño pueblo incrustado en una colina de Oberösterreich. Eso es precisamente lo que trae este mes para mí: la expectativa de lo que viene, del siguiente escalón, de la nueva senda.

Robert Anthony decía que lo contrario de la valentía no es la cobardía sino la conformidad. Esa es quizá para mí la puerta a la propia muerte en este mundo; la carencia de ambición en una persona a mejorar su condición. Creo que el espíritu de alguna forma muere cuando el deseo de perfeccionar se acaba. Talvez esa sea realmente la fuente de la juventud, pues es ahí mismo, en la juventud, donde más vivamente experimentamos el apetito a mejorar nuestra existencia y la de quienes nos rodean. Quien mantiene viva esa aspiración mantiene vivo también su espíritu.

Aunque, para ser exacto, habría que reconocer que el único tipo de esperanza que vale es la que nos mueve a actuar, porque es cierto que un sueño sin acción es pura ilusión. Actuar y arriesgar en la consecución de una mejor existencia requiere grandes cuotas de valor. Buscar una vida de diseño propio demanda elegir y vencer miedos. Demanda dejar los espacios neutros y tomar partido. A eso se refería Mandela cuando decía que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. Basado en eso se entiende mucho más claramente eso que argumentaba Séneca: “El que es valiente es libre”. El triunfo sobre nuestros temores nos libera para seguir nuestro propio camino, nos da la fuerza para accionar sobre nuestros sueños y nos permite pelear por vivir de forma creativa, en un lugar donde nadie ha estado antes.

Así es pues que se vuelve cierto aquello de que el futuro para los débiles es lo inalcanzable, para los temerosos lo desconocido y para los valientes, y solo para ellos, es la oportunidad. Y es que solo los valientes se atreven a actuar sobre sus sueños venciendo el temor a fracasar; solo los valientes se atreven a creer y ahogan la voz de los escépticos; solo los valientes pueden caer y volverse a levantar, aferrándose, sin vacilar, a la verdad que solo ellos conocen y, solo los valientes, se atreven a amar y creer en un nuevo día.

Los valientes, esos capitanes del optimismo, son los que avanzan a la humanidad. Así que tal vez sí sea cierto eso de que la valentía es el valor más grande que puede tener un ser humano.

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